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EL ÓPTIMO DE PARETO Y EL SEGUNDO MEJOR

¿Cuál es el mejor criterio para obtener el equilibio económico? ¿Es posible distribuir la riqueza sin que un sector se perjudique en beneficio de otro? El debate incluye el rol que debe tener el Estado en la economía.

Por Humberto Zambon

Vilfredo Pareto fue un destacado científico italiano (aunque nació en 1848 en París, hijo de padre italiano, siempre se consideró de aquella nacionalidad) conocido por sus trabajos en sociología (su “Tratado de Sociología General” tuvo amplia difusión) y en economía. Por ejemplo, fue uno de los creadores y  difusores de “las curvas de indiferencia” con las que han tenido que lidiar todos los estudiantes que cursaron microeconomía y de las que nos ocuparemos en otro momento. Fue un pensador liberal y crítico del fascismo, aunque Mussolini le ofreció un cargo de senador (que aceptó y desempeñó hasta su muerte, en 1925) y que permitió al dictador mejorar internacionalmente la deteriorada imagen del régimen. Pero aquí no vamos a discutir su colaboración o no con el fascismo sino uno de sus aportes teóricos: el llamado “óptimo de Pareto”.
Preocupado por el tema de la distribución del ingreso nacional, definió como el óptimo distributivo aquel  punto en que no es posible beneficiar a alguien sin perjudicar a uno o varios de los miembros de la sociedad. El razonamiento es el siguiente: si pasamos de una distribución Y a una X sin perjudicar a nadie y mejorando la situación de algunos de sus miembros, X es, evidentemente, superior a Y. Así hasta el punto en que no sea posible mejorar a alguien sin perjudicar a otro: ese es el “óptimo paretiano”.
Fíjense que se trata de criterio conservador y no necesariamente equitativo. Por ejemplo, una redistribución del ingreso a favor de los que menos tienen va a perjudicar necesariamente a los más ricos y, por lo tanto, el nuevo equilibrio va a estar alejado del “óptimo” logrado anteriormente, independientemente de que el nuevo punto sea mucho más justo y deseable que el anterior. Por esa razón, Rawls considera que para aumentar el bienestar social hay que mejorar la situación de los miembros de la sociedad que están peor, que es un criterio totalmente opuesto al de Pareto.
El concepto del “óptimo paretiano” fue aceptado por la ortodoxia económica y a la política seguida por los organismos internacionales, como el FMI. El criterio es que con absoluta libertad y competencia perfecta se obtiene el mejor equilibrio económico posible. Como son conscientes de que en la realidad social no se dan el total de condiciones exigidas para lograrlo, el objetivo político consistía en acercarse lo más posible, es decir, eliminar la mayor cantidad de restricciones posibles al funcionamiento de la plena libertad. Es la política neoliberal aplicada mundialmente a partir de los años 70 del siglo pasado y las exigencias del FMI, iguales para todos los países, independientemente de los muchos factores que los diferencian.
Aportes
Con esta política han ignorado un importante aporte teórico de Richard Lipsay y Kelvin Lancaster publicado en el libro “La teoría general del segundo mejor” de 1956. El enunciado del teorema demostrado por estos autores es el siguiente: “Si una de las condiciones necesarias para obtener el óptimo de Pareto no es obtenible, las otras, a pesar de ser teóricamente posibles, dejan de ser deseables”. Es decir, si se parte de un punto que no es el óptimo, eliminar una o algunas de las causas que generan desviaciones no tiene como consecuencia una mejoría distributiva sino que, inclusive, puede conducir a una reducción del bienestar social. Como dicen los economistas, eliminar algunas de las imperfecciones del mercado no mejora necesariamente la distribución del ingreso.
Según expone claramente y en forma resumida el economista argentino Walter Graciano1, "Lipsey y Lancaster descubrieron que es posible que un país funcione mejor con una mayor cantidad de restricciones e interferencias estatales, que sin ellas. O sea que bien podría ser necesaria una muy intensa actividad estatal en la economía para que todo funcione mejor. Lo que se pensaba hasta ese momento era que el óptimo era inalcanzable porque el “mundo real” no es igual al frío mundo de la teoría, entonces el punto inmediato mejor para un país era el de la menor cantidad de restricciones posibles al funcionamiento de plena libertad económica. Pues bien, Lipsey y Lancaster derrumbaron hace más de medio siglo ese preconcepto. Como consecuencia directa de ello, reaparecen en el centro de la escena temas como aranceles a la importación de bienes, subsidios a la exportación y a determinados sectores sociales, impuestos diferenciales, restricciones al movimiento de capitales, regulaciones financieras, etcétera".
En otras palabras, aun si se acepta la lógica de la economía liberal, en los hechos concretos no hay ninguna seguridad de que la política tendiente a reducir las interferencias al libre mercado (como plantea la ortodoxia económica y reclaman los organismos internacionales dominantes) logre una mejoría social sino que es posible que el resultado sea precisamente el opuesto: una situación peor que la que se deriva de la intervención estatal directa.
En realidad, sólo en forma excepcional un mercado “libre” es eficiente, por lo que la intervención del estado es necesaria y conveniente. Esto lo demostró en la práctica el fracaso de las políticas neoliberales y lo justificaron en teoría Lipsey y Lancaster.
Solamente el FMI y algunos conservadores, atados al mito de la economía liberal, no se dan por enterados. 2
1 “Hitler ganó la guerra”, Ed. Planeta, Buenos Aires, 2004, pág. 21.