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El país que nos merecemos

"No tengo dudas de que tendremos el país que nos merecemos", dijo Alfonsín en 1983. Hoy, ese deseo se renueva.

El silencio es salud”, decía un cartel que mis ojos adolescentes veían multiplicarse en los parabrisas de los autos y hasta en los estantes de los comercios durante esos años de dictadura que, según me habían dicho, aludía a una campaña contra la contaminación sonora en las calles.

Después supe que ese silencio era una siniestra ironía. Ese silencio era el de las desapariciones, los fusilamientos y las torturas en centros clandestinos de detención, y el de los cuerpos arrojados al mar o al río. Ese silencio amenazante, represivo se convirtió en un sonido maravilloso, en una ruidosa libertad que se festejó en cada calle, en cada plaza.

Con 19 años me mezclé entre boinas blancas con pompón rojo, con los muchachos que decían estar unidos para triunfar y daban un grito de corazón al general muerto hacía nueve años.

Recuerdo el LLEGAMOS -así, con mayúsculas- con el que un diario tituló su edición del 30 de octubre de 1983 en el que elegí -por primera vez- junto a millones de argentinos, la democracia como forma de vida.