Antes que nada, debo decir que la causa cultural en torno al derecho animal es noble y ha contribuido a moldear una sociedad más sensible que, de alguna manera, traza los hábitos de las nuevas generaciones. Habla de mejores tratos, de una buena convivencia y de poner al animal en un plano de relevancia y no una simple ecuación mascota=cosa. El caso de Tommy, el perro atropellado intencionalmente por un hombre, al que le costará caro, tuvo un alto impacto mediático que terminó con una movilización en el centro de la ciudad. La temática animal tiene tanta penetración en las redes sociales que goza del gen de movilizarse por una causa. Pero la contundencia de este fenómeno, ligado a nuevos hábitos culturales, de a poco va opacando las viejas causas que no pierden vigencia y que, desde todos los ángulos, echan una manto sombrío. Se trata de los crímenes de lesa humanidad por los cuales han sido condenados decenas de militares en los últimos 13 años en Argentina por la dictadura de 1976-1983. La sociedad parece escandalizarse por la inmediatez de las imágenes, del robo, del atropello de un perro, pero la reacción a temas más profundos y que están ligados directamente con la democracia parecen ser más lentas. El fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, para conceder el beneficio del 2x1 a los represores condenados, recibió el repudio lógico de organizaciones de derechos humanos y políticas, e incluso del mismo seno del gobierno de Mauricio Macri. Sin embargo, la sociedad aún está lejos de tomar el tema como algo grave. La gente simplifica cosas. Sin desmerecer la marcha por el perro asesinado, se horroriza por lo cotidiano en detrimento de lo histórico.
Por la cultura efectista la gente lamentó más la muerte de un perro que el 2x1 a favor de represores.