Siempre se dice que los argentinos somos hijos del rigor y que, si no nos castigan con algo duro, no paramos. La flamante agencia de Seguridad Vial Municipal impulsa una “tolerancia cero” para quienes beben y conducen automóviles, que no es otra cosa que no permitir una sola gota de alcohol en la sangre. La medida, que ya cuenta con un amplio aval legislativo, estará acompañada de penas más duras que las ya establecidas, como aumento de las multas y hasta el retiro de la licencia de conductor para aquellos reincidentes. Lo más interesante de esta iniciativa no es la tolerancia cero en sí misma, sino las campañas de concientización que se estudian para que la gente entienda los riesgos que una persona corre (y sobre todo los que corren los demás) cuando maneja luego de haber bebido alcohol. Se pueden aumentar los valores de las multas -que ya son caros-, multiplicar los acarreos -que son muchos- y retirar las licencias de conducir, pero está visto que ni aún con medidas duras la gente deja de tomar. Las estadísticas municipales lo demuestran con la enorme cantidad de infracciones que se labran todos los fines de semana. Será entonces hora de apostar a una herramienta poderosa que casi nunca se tiene en cuenta: la educación. Las campañas que se realicen deben estar orientadas no sólo a los jóvenes, que son los que más violan este tipo de normativas de tránsito, sino también a los padres y a los chicos. Es necesario instalar el tema en las familias y en los grupos de amigos. Y es imperioso que los mensajes sean claros y sin eufemismos. Si no se cambia la cultura desde la educación, seguiremos dándonos cuenta de que los operativos no alcanzan. Y nos frustraremos al saber que el rigor, por más poderoso que parezca, no tiene tanto control sobre sus hijos.