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Todos los comienzos de las ciudades fueron difíciles y sacrificados para los pioneros, pero la fundación y planificación de la ciudad de Neuquén fue realmente un enorme desafío, principalmente porque se proyectó en el medio del desierto donde el agua, recurso vital para el desarrollo del pueblo y la vida de sus habitantes, era muy difícil de conseguir.
Si bien la capital se trasladó a la Confluencia por la proximidad que había con el Limay y el Neuquén, acercarse demasiado a los ríos era muy riesgoso y llevar el agua a los sectores más altos, era un trabajo muy sacrificado.
Según el historiador Ricardo Koon, a través de sus efemérides, recién el 22 de marzo de 1914 (mañana se cumplen 108 años) comenzaron los trabajos de instalación del agua corriente en la ciudad, es decir 10 años después de su fundación.
Durante esa primera década, los neuquinos tuvieron que administrar y cuidar mucho el recurso. Algunos pudieron proveerse a través de pozos cavados en los patios de sus viviendas (las que estaban más cerca del Limay), otros tuvieron que ir a buscar el líquido hasta la única toma que había en la Avenida Argentina o depender del aguatero, el encargado de recorrer las calles ofreciendo su servicio y también regando los primeros árboles.
La construcción de la primera red de agua fue un punto de inflexión para la ciudad, aunque la instalación de las cañerías hacia los lugares donde se iba expandiendo el pueblo corrió por cuenta de los propios vecinos, según relatos de familiares de los primeros pobladores.
Son efemérides que vale la pena recordar. Postales de una época donde el sacrificio era una rutina y bajar los brazos no era una opción.