La sangría de los mejores hacia Europa y cualquier liga que pague en euros o en dólares nos deja con lo que nos queda, sin las figuras de hace un par de décadas, incluso cuando se enfrentan los dos más grandes, los poderosos. Tevez es una excepción, pero está ausente, y D'Alessandro lo vio de afuera. Sin los distintos, cargados de presión, los 90 minutos más esperados suelen decepcionar como espectáculo. Vale la emoción, que nunca falta, la expectativa, que siempre sobra, y el triunfo, obvio, cuando se da y hasta puede terminar en una vuelta olímpica. Pero si les sacamos las camisetas y el marco, la mayoría de los últimos superchoques hubiesen sido partididos. No más que eso.