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Hace más de treinta años, cuando el mundo aún ni sospechaba de la aparición del VAR en el fútbol, el inolvidable Negro Fontanarrosa lo inventó en su imaginación en uno de los tantos cuentos de fútbol que nos dejó. En esa historia del escritor y humorista rosarino, el VAR, al que él llamó AUP, usaba 17 cámaras, tres árbitros experimentados mirando las imágenes desde una torre de control a poca distancia del estadio y todos los avances de la tecnología que aún no había llegado a la vida real, pero no escapaba de la polémica y de la ira de los hinchas. Lo mismo pasa hoy, como una profecía cumplida. El VAR, que venía a terminar con muchas de las discusiones en los partidos, no puede dejar atrás las polémicas diarias. El centro de la tormenta hoy es la liga española. Con Real Madrid y Barcelona definiendo mano a mano por enésima vez, al Merengue, el equipo más importante, ganador y poderoso del planeta, los arbitrajes le suelen dar una manito. Y ni siquiera con las repeticiones, en cámara lenta, se animan a ir contra el Merengue. Como ya ocurrió también por estos lares, con equipos grandes involucrados, la tecnología aporta lo suyo y ayuda mucho. Pero, claro, los que toman las decisiones siguen siendo los árbitros, sea dentro de la cancha o mirando las imágenes en las pantallas. Y esos hombres saben a quién le están cobrando a favor, y a quién en contra. En esa mirada diferente, sin la venda en los ojos que debería tener cualquiera que juzga para no hacer diferencia entre unos y otros, es que el VAR sucumbe y no termina de convencer a los hinchas. Porque, al igual que ocurría con los árbitros cuando no tenían a ayuda de la tecnología, siempre se ven las camisetas.