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El verdadero espíritu

El fin de año no debería festejarse con excesos, sino que deberíamos corrernos del eje y pensar en los demás.

Las pequeñas luces que decoran las fachadas y los grandes árboles en los centros comerciales comienzan, desde principios de mes, a esparcir aquello que algunos llaman espíritu navideño. Aunque este sentimiento debería llevar a correrse del eje al menos por unos días para poner al otro como prioridad, los propios festejos de fin de año parecen ir en contra de esa premisa con prácticas desaprensivas que terminan por perjudicar a los demás.

Mientras algunas familias no terminaban de digerir los exuberantes platos navideños, otra lloraba la muerte de una niña de cinco años que recibió el impacto de una bala perdida, disparada por alguien a modo de festejo. Y un chiquito de una playa argentina se dormía para siempre luego que una camioneta diera marcha atrás sobre la arena sin reparar en su presencia.

Las siete personas de Neuquén, casi todas menores de edad, que fueron atendidas por quemaduras el 25 de diciembre y luego de manipular pirotecnia prohibida son otra muestra de que, para algunos, el espíritu navideño se traduce en excesos y no en una mayor consideración para con los otros. Como si celebrar fuera atiborrarse de comida y bebida o jugar con pólvora, pero nunca cuidar la unión con los nuestros y respetar a los ajenos.

Por más pintoresco que pueda ser ver luces en el cielo durante los festejos de fin de año, el verdadero espíritu de las fiestas nos obliga a pensar otras formas más creativas y cuidadosas de celebrar que no desesperen a los animales o afecten a las personas autistas o con discapacidad. Otras formas que no nos impulsen a vender o comprar artículos clandestinos o dejar que los chicos se jueguen las manos con un explosivo.