Desde hace unos días, el incipiente clima de agitación interna en el oficialismo gobernante ha llevado a desempolvar viejos recursos discursivos para unir a la población y mantenerla en alerta ante cualquier amenaza externa. Una de esas arengas es la que señala que Neuquén “es una isla”, protegida de cualquier vaivén económico, haciendo gala de sus maravillas naturales y sus abundantes recursos de los que, pareciera, todos somos parte. Ya en la época de la hiperinflación, el ex gobernador Pedro Salvatori apeló a “la isla” para separar lo que sucedía en el país del paraíso neuquino. Más allá de resaltar el éxito o no de su gestión, funciona la estrategia de considerar que “si estamos todos unidos” será difícil que “los de afuera” intervengan en las políticas provinciales. Este ha sido un método bastante eficaz en la mayoría de las internas del MPN para fortalecer después la general. Hoy, más allá de los cruces entre el gobernador Jorge Sapag y el senador Guillermo Pereyra, ambos apelan a la serie de amenazas externas para proteger el partido. Si antes era la mala administración del ex presidente Raúl Alfonsín, hoy son los “atropellos” del gobierno kirchnerista, que amenaza con quedarse con las empresas y los recursos no convencionales de Vaca Muerta. La estrategia funciona. Neuquén es la única provincia en la que sobrevive un partido provincial con cada vez más afiliados. Pero representa el 1,6% del padrón nacional y no define tendencias ni elecciones. Así, nacen frases que están bien enquistadas en el inconsciente colectivo: “¡Que no nos vengan a decir de afuera lo que tenemos que hacer!”, se ha escuchado siempre de la boca de un ex gobernador. En realidad, no hay adentro ni afuera. Pareciera que hay un determinismo exitista por el solo hecho de residir dentro los límites de la provincia, poderosa en recursos, que maneja solo una minoría.