En horas de la madrugada, un acueducto reventó y un río furioso rompió medianeras, destruyó calles e hizo colapsar el sistema de cloacas. Desde el EPAS, la explicación fue sencilla, aunque no demasiado convincente para quienes sufrieron el problema: el caño se rompió debido a que la demanda de agua en esta época no es tan importante, y la misma presión del agua causó la rotura y todas las consecuencias.
Podría haber sido un incidente más de los tantos que ocurren periódicamente en la ciudad de Neuquén. Sin embargo, cuando intentaban reparar el caño, los operarios del EPAS pincharon otro, pero de gas. El caos fue generalizado. Hubo evacuados, aunque muchos se negaron a abandonar sus hogares por temor. Hubo terror por parte de quienes estaban trabajando y se enteraron de que sus hijos estaban en la escuela, que también quedó afectada por la pérdida de gas. La confusión fue generalizada pero nadie ensayaba una respuesta.