Neuquén, la ciudad camino a la cordillera y próxima a Vaca Muerta, duplicó su oferta hotelera en los últimos diez años. Y sigue sumando camas: la nota de Mario Cippitelli en la página de enfrente desborda de datos que lo certifican.
Una cadena local abrió a mediados de 2014 un hotel boutique para atender el apetitoso mercado de los petrovisitantes: sumó 58 habitaciones y, en apenas dos meses, tocó el promedio de ocupación que en condiciones “normales” se alcanza recién a lo largo de todo un año. Acá el mercado se mueve al revés que en las villas turísticas de la provincia, porque faltan camas de lunes a jueves y sobran los fines de semana.
La fuerte inversión (6 nuevos hoteles en construcción, 14 pedidos de autorización) seguramente es atraída por el boom petrolero (y ahí parece apuntar). Por eso es muy probable que, si la fiebre del shale continúa firme, sigan lloviendo visitantes.
Surge entonces una excelente oportunidad para –en forma paralela y con toda decisión– apuntarle al turismo que suele pasar de largo por esta ciudad.
Traigan visitantes que lugares sobran: el único Museo de Bellas Artes del interior –por citar sólo una atracción cultural– y dos ríos hermosos que enmarcan la ciudad; lagos con playas, viñedos de primer nivel, el valle de frutales número uno del país, huellas de dinosaurios y bardas de aspecto lunar para deportes de aventura en un radio de apenas 70 kilómetros.
La provincia recibió el año pasado tres millones de turistas. La pesca y la nieve fueron los motores. Con más hoteles, la ciudad está a punto caramelo para subirse, aquí y ahora, al tren imparable de los viajeros.