Saber a qué se juega suele ser un distintivo de los equipos que luchan campeonatos. Saber ganar ciertos partidos, uno de aquellos que los conquistan. El River de Marcelo Gallardo se convirtió en eso desde el 2014, y ahora se sacó la asignatura pendiente de festejar en la Bombonera. Le falta una sola: alzar un torneo local, algo con lo que sueña después de bajar al líder, su antítesis: aun puntero, es difícil descifrar sus ideas, más allá del vértigo, la búsqueda y el desequilibrio de sus individualidades en ofensiva, y es más complejo todavía confiar en que va a dar la talla en un gran partido.
Hace rato que el Millo sí lo hace. Esa es la gran diferencia que celebran en Núñez de la mano del Muñeco, que en tres años logró hacer olvidar la noche más oscura del club y lo llevó a la gloria internacional casi siempre esquiva, con el plus de eliminar a Boca en los duelos que más cosas ponían en juego. No brilló en ninguno de aquellos cruces, pero pasó las dos veces. Anoche empezó con pinta de baile y terminó rezándole a Batalla, que con una doble tapada cambió la ropa de villano por la de héroe en un segundo. Pero se llevó la victoria. Si esa jugada terminaba en la red, el equipo del Mellizo hubiese encaminado el torneo y silenciado críticas, como desde hace meses, gracias a su lugar en la tabla. No pasó.
Por eso, todavía puntero, con chances de campeonar, los hinchas de Boca tienen algo más que la sombra de los primos cerca para preocuparse: hace rato que saca malas notas en las pruebas que más valen. Aquello que lo hizo un equipo temible aun para los más poderosos del mundo hoy le queda muy lejos. Mucho más que en la otra vereda, donde hoy celebran gracias a un DT y a un plantel que saben estudiar para los grandes finales.
Hace rato que River da la talla en los partidos más importantes, una deuda pendiente que preocupa a los de Boca.