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Festejar debe ser una fiesta

Pablo Truffa

Luego de dos episodios para el olvido, parece que Neuquén está hoy más expectante por lo que pueda ocurrir después de las 15 que por lo que haga en la cancha la Selección Argentina, que de ganar lograría el pase a semifinales, un lugar que no consigue desde Italia ‘90. Es que lo ocurrido esta semana en inmediaciones del Monumento a San Martín no es un antecedente menor. A tal punto que las autoridades municipales y provinciales decidieron doblegar los esfuerzos para que, aunque parezca lejano, los neuquinos vivamos una fiesta, algo que hoy no garantiza nadie, menos la Policía. Por eso temo que todo se repita; que la presencia de 270 agentes en la calle (80 más que el martes) no sea una solución y, por el contrario, genere más rechazo de quienes, durante los últimos días, se encargaron de ensuciar los festejos; que todo termine peor que lo que hemos vivido, y que quienes deben bregar por la seguridad desvíen su mirada y las balas de goma y los gases sean parte de un escenario que nadie desea, pero que ya presenciamos. Todo puede pasar. Y eso provoca que las esperanzas de vivir un clima festivo sean pocas. Ojalá que las calles estén inundadas con los colores celeste y blanco y los simpatizantes argentinos coreen por Messi y compañía. Eso es lo que la inmensa mayoría queremos, aunque lo vea casi imposible. Porque somos parte de una sociedad difícil. Porque conformamos una ciudad que está en permanente ebullición y ante la nada destapa un conflicto. Porque estamos acostumbrados a lo incorrecto. De todas maneras, guardo un mínimo de esperanza para que Neuquén sea una fiesta, esa misma esperanza que me permite aún soñar con volver a ser campeones como en el ’86. Porque, como dice el viejo refrán, soñar no cuesta nada.