Durante mis casi 27 años como periodista escuché todo tipo de opiniones (a favor y en contra) sobre la figura de Fidel Castro, el histórico líder cubano que murió a los 90 años.
Escuché a quienes lo defendieron siempre, aun cuando reconocían que ellos nunca podrían haber vivido bajo ese régimen, y a quienes lo destrozaron por sus formas dictatoriales a la hora de conducir el país.
Desde que se conoció la noticia de su muerte, miles de editoriales, notas de opinión y pronunciamientos de la gente a través de las redes sociales se volcaron como cataratas para levantar o denostar la figura de Fidel, aunque es necesario encontrar un punto de equilibrio entre esas posturas extremas.
Fidel Castro llegó en un momento clave para Cuba. La liberó del sangriento régimen de Fulgencio Batista y la encaminó a una revolución histórica que logró igualdades sociales nunca antes vistas (en educación y salud) y el desarrollo de capital humano a través de la formación de profesionales.
Sin embargo, varias decisiones político-económicas, la nacionalización de todas las actividades (agravadas por el embargo de EE.UU.) hicieron que los estándares de vida de los cubanos se deterioraran, igual que su calidad de vida.
La supresión de los derechos de los trabajadores, de la libertad de prensa y de las libertades individuales (incluida la de expresión) generó una grave crisis interna que motivó la salida desesperada de miles de cubanos en busca de una vida mejor.
Fidel Castro no fue un héroe ni tampoco un tirano. O en todo caso fue los dos. Fue un personaje clave en la historia contemporánea que tuvo aciertos y errores y que su muerte abre una nueva puerta (incierta por ahora) para el futuro de la isla.