Inspirado en el papel de Leonardo DiCaprio en el filme Los infiltrados, el oficial de la policía de Neuquén conocido como Jorge Manríquez ingresó al recinto donde se estaba realizando la tercera audiencia del juicio por la zona liberada y con su celular comenzó a grabar a los periodistas.
De infiltrado pagado pasó a ser señalado por su mala actuación y por la interpretación de un papel decepcionante.
Los especialistas de la seguridad explican que la infiltración es la fuente de información más efectiva para luchar contra grupos u organizaciones delictivas. El que mandó a Manríquez, que se dice habría recibido adiestramiento en técnicas de irrupción dictadas por un grupo de soldados brasileños que pertenecen al batallón de operaciones especiales, le debe estar tirando las orejas porque no es mucho lo que habría aprendido.
La conducción de la fuerza policial se sintió tocada y, de inmediato, en un comunicado reconoció haber infiltrado un efectivo de civil, un robusto hombre de barba y pelo largo color negro, “por probables incidentes que pudieran ocurrir”.
Las preguntas son: ¿quién vigila al vigilante? ¿Quién es el responsable de la Justicia que lo dejó ingresar sin la correspondiente acreditación tan exigida por el juez Marcelo Muñoz?
Marcos Roitman, en su trabajo “Infiltrados, razón de Estado y democracia”, dice que no hay régimen político en el mundo que renuncie a la razón de Estado.
Pero lo que suscita su rechazo e indignación no es su existencia, sino descubrir por sorpresa que somos vigilados y sometidos a un riguroso control. Ahí se encuentra el límite de actuación de los organismos de inteligencia de un país. El resto es terrorismo de Estado.