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Gallardo, el rey en el Olimpo

Las glorias de River son muchas. Desde su semillero, o vestidos de grandes con la banda roja cruzada al pecho, salieron muchas estrellas fulgurantes. Ídolos que se metieron en el corazón de los hinchas para no abandonarlos jamás. Comparar siempre es una tarea compleja. Y más cuando se trata de igualar épocas y emociones surgidas de la pasión. Casi imposible. Pero es difícil hoy decir que Marcelo Gallardo no se ganó ya un lugar en el escalón más alto del Olimpo riverplatense en el que el resto de las leyendas lo pueden mirar con envidia.

Jugador de nivel de Selección, con el plus de haber debutado con la camiseta de River a los 12 años, cosechó ovaciones en un plantel cargado de figuras, con el que ganó la Libertadores 1996 detrás de Francescoli y el Burrito Ortega, dos de los máximos ídolos de las últimas generaciones. Pero cuando se sentó en el banco con el buzo de DT, hizo la diferencia. Y llevó al club a un lugar en el que no había estado, dueño de dos Libertadores en poco más de cuatro años, ganándole a Boca todos los mano a mano importantes, incluida una final histórica en la que aún perdiendo la localía para la revancha y tres veces abajo en el marcador hizo dar la vuelta olímpica a los suyos. Convertido en un Napoleón invencible, los hinchas siempre confiaron en él para las grandes batallas. Y les cumplió.

Es difícil decir que hoy el Muñeco no se ganó el escalón más alto en el Olimpo de los ídolos millonarios.

Hoy, con la cuarta Libertadores en las vitrinas del club, tres de ellas con el Muñeco como protagonista, con otra final soñada en el horizonte frente al gran Real Madrid, la imagen de Gallardo parece haber llegado a un nivel único, con una impronta internacional que no tuvieron aquellos ídolos que le compiten un lugar del que será muy difícil sacarlo.