Omar Gutiérrez y Horacio Quiroga se miran, se miden, se ningunean, se huelen, se respetan y, además, buscan hacerse todo el daño político que pueden. Nadie debería horrorizarse. Son las reglas del juego. La realidad y el tamiz del circo prime time de la tele nos devuelven todo el tiempo esa imagen, a veces cercana a la desesperanza para quienes creen en la política como herramienta de transformación. Con el MPN alborotado por el raid de derrotas del 2017, con dirigentes que buscan erigirse ellos mismos como alternativa para el 2019 (léase Guillermo Pereyra y Rolando Figueroa), el gobernador tiró un dardo envenenado para ver si en Cambiemos el carro triunfal dejaba traslucir alguna tensión como trasfondo. Así reeditó, con data nueva, el culebrón con altibajos que cruza el gabinete de Horacio Quiroga: ¿quién es el candidato del día después del final? El gobernador, palabras más, palabras menos, puso en primer plano el pedido que en Buenos Aires le hacen a Pechi: que Marcelo Bermúdez (el referente PRO más puro del gabinete de Quiroga, un radical con partido propio y ex funcionario del kirchnerismo) sea el aspirante por este espacio en el 2019. El intendente había aportado lo suyo: en octubre, luego de las dos victorias del macrismo en la provincia, se sacó una foto con Figueroa. Era otra mojada de oreja en medio de las tensiones entre la pareja del gobierno provincial. Pero había más: antes el MPN había intentado incidir en el proceso que dirimía candidaturas de Cambiemos con votos propios jugando en la interna de los radicales. Es decir, de a ratos, la política es más el arte de construir sobre las debilidades ajenas que el de hacerlo sobre las virtudes propias.
El mandatario provincial y el intendente tratan de capitalizar las tensiones que cruzan a Cambiemos y al MPN.