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Historia entre las góndolas

El hombre estaba ahí, entre la infinidad de variantes de fideos secos que se ofrecen en un supermercado. Esta vez, la voz de Daniel Aráoz se escuchaba claramente y no había que imaginarse lo que salía de sus labios durante un tiempo muerto en La Caldera. ¿La define uno contra uno Melvin Johnson? ¿Será el Tigre Aguilar de tres?

Su jopo es el mismo que no se movía ni un centímetro, aun cuando el reloj advertía que quedaban dos segundos de juego y el partido estaba empatado. Sigue siendo el mismo jopo que formó en la vida a decenas de chicos a través del básquet y que simboliza lo que significó el deporte para la ciudad en la década del 90.

Alguna vez, en Neuquén, una ciudad entera respiraba, festejaba y sufría con un equipo de básquet. Una sola arremetida de Richotti o Sucatzky marcaba el humor de la avenida Argentina. Alguna vez, en Neuquén, un jugador extranjero llamado Melvin Johnson era la reencarnación de Superman en el monumento a San Martín. Alguna vez, en Neuquén, era imposible conseguir entradas para un partido trascendente en La Caldera en los recordados viernes y domingo por la noche. Alguna vez, en Neuquén, las radios se escuchaban a todo volumen para saber cómo le iba al equipo en sus viajes de visitante y los nombres propios que se escuchaban no eran estrellas de fútbol sino los representantes locales de camiseta roja. Alguna vez, en Neuquén, los chicos pedían acompañar a sus padres al traumatólogo con la ilusión de cruzarse a Esteban de la Fuente en la sala de espera. Al igual que decenas de historias neuquinas, la suya también queda relegada por el brillo del teléfono inteligente o los inacabables relatos de malos entendidos de alfombras rojas. Es que, mientras el mundo se desvela por saber si Montoya va a River o a Boca, nuestras historias nos pasan por al lado entre las góndolas.

A principios de la década del 90, el básquet en Neuquén atravesaba la vida de todos.