Cada vez que se habla de la historia de la ciudad hay que nombrar inevitablemente a quienes los historiadores consideran el “patriarca de Neuquén”. Ese poblador que llegó a la Confluencia dos años antes que Bouquet Roldán trasladara la capital del territorio desde Chos Malal, era Enrique Nordenström, considerado el más antiguo de los fundadores. Vida de trabajo y sacrificio la de don Enrique. En Tandil había conocido a Florencia Ochagavía, con quien tuvo 14 hijos. En busca de un mejor destino y -seguramente- con algún aire de aventura, no se conformó con llegar al Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Primero recorrió varias localidades donde crió a toda su prole.
Cuentan sus familiares que Enrique estaba convencido de que se necesitaba mucho trabajo para desarrollar los pueblos y que uno de los pilares era la educación. Por eso en cada lugar levantaba un edificio con sus propias manos y él mismo se ponía a dar clases.
En la vieja Neuquén desempeñó ese rol de maestro, aunque también ocupó todos los cargos que era necesario cubrir sin pedir nada a cambio y sin recibir un solo peso como remuneración.
Colaboró desinteresadamente en los primeros pasos que dio la capital y recién después de 40 años el gobierno le reconoció tantos aportes. Como forma de pago atrasado, le concedieron un enorme predio en la zona del Bajo neuquino que, con el tiempo, pasó a llamarse Villa Florencia, en honor a su esposa.
Un día como hoy pero de 1851, nacía este pintoresco y valioso personaje. Vayan estas líneas a modo de homenaje al Patriarca que hizo historia y que luchó por ver a una Neuquén pujante a cambio de nada.