Historia, economía, Boca, River, astrología, crisis, política, hambre o calentamiento global son parte de los temas de su discurso.

Lleva diez veranos dedicados al mismo oficio, y tiene un conocimiento profundo de la costa grutense. Observa el cielo y adelanta cómo estará el clima y el comportamiento del mar.
Repite que sólo vende "un pedacito de masa dulce, pero que además invita "a pensar, a reflexionar sobre qué nos pasa", según explica.

Desde que llegó a Las Grutas fue cocinero en una rotisería y mozo, hasta que le ofrecieron vender donas en la playa. Una sola tarde le alcanzó para saber que eso era lo suyo. "Ese contacto directo que se tiene con la gente me atrapó y me sigue atrapando", asegura.

10 son los años que Hugo se dedica a vender en Las Grutas entre la Primera y la Séptima Bajada.

Los veraneantes también quedan prendidos de su gracia y simpatía. En cada una de sus representaciones, que se repetirán cada quince o veinte metros en su derrotero entre la Primera y la Séptima Bajada, capta inmediatamente la atención de la gente. Quienes no lo conocen se podrán sorprender o hasta dudar de su cordura. Pero luego les arrancará una sonrisa. Y les venderá seguramente una bolsa de donas, pues esa carga de simpatía tiene –y no es casual– una garantía comercial.

"Uno puede transmitir alegría, hacer reír. La risa permite ver la vida de otra forma, y hasta a mí me hace bien. Aprendo mucho de la gente y me divierto con ellos", sostiene.

La pausa en su labor no puede extenderse mucho. Lo llaman de un lado y de otro.

Sin tapujos, también se entromete en la pretendida municipalización del balneario, aprobada por ley, que genera ásperas controversias. "Ojalá el día de mañana todos los que vivimos en Las Grutas podamos tener la oportunidad de manejar nuestro propio destino", dispara finalmente y vende otra docena de donas.

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