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Inseguridad y marginación

Por ADRIANO CALALESINA

El doble crimen de esta localidad disparó otros enfoques del debate por la seguridad. Aquel que habla de la profunda problemática que padecen las estructuras sociales de los barrios más marginados, tal vez la cara más oculta y problemática de Centenario.
Entierra un mito que dice que la inseguridad la padecen personas de clase media, que temen por sus pocos o muchos bienes logrados con el sacrificio del trabajo. Y que, para protegerse, deben vivir en casas con rejas altas o en barrios cerrados.
Esta vez, las muertes de dos jóvenes son una impactante postal, en un contexto muy conocido por los vecinos de las zonas más marginadas: falta de oportunidad juvenil, deserción escolar, adicciones  y una incipiente incursión en las cátedras del delito.
Es posible que los crímenes -donde se descerrajaron seis balazos en el cuerpo y la cabeza de ambos- hayan sido inspirados eventualmente en el robo de una moto, como marca la investigación oficial de la Policía de Centenario. Pero hay dudas.
Sin embargo, el envés del relato oficial, habla de otros factores a tener en cuenta: una constante lucha de poderes entre personajes de los barrios en medio de un clima marginal, donde entre el concepto de la vida y la muerte hay apenas unos pasos.
Para quien vive en zonas donde todavía existen ciertos códigos de vecindad, aunque con fecha de vencimiento, escuchar cien disparos de armas de fuego todas las noches le puede causar asombro. Pero para los que residen en barrios del Oeste, convivir con bandas armadas es un penoso hábito.
 
Desmitificación
Para desmitificar las creencias de las capas medias, las personas que delinquen no son una mayoría en los barrios marginados. Es lamentable saber que en el caso del último crimen que sacudió a la ciudad, los testigos de a poco se fueron animando a denunciar otras calamidades que suceden a diario.
“Esto pasa todas las noches, a la tarde ves pibes que se agarran a tiros y hay nenes que están afuera. Es un peligro”, dijo un vecino del barrio La Esperanza, luego de tres días de ocurridas las muertes de los jóvenes.
A todo esto, los prejuicios clasistas no dejan de contaminar la poca apertura mental de sectores pacatos, que categorizan la muerte de acuerdo al status social.
Si la solución pasa por más presencia policial, el problema ya hizo metástasis en todo el cuerpo de los sectores marginales. ¿Cómo podría un joven tomar sentido a la ley si su vida misma carece de un sentido?
El Estado aún no sabe bien cómo encarar el problema de forma urgente. Es que las teorías sociales parecen hacer aguas en una práctica cotidiana donde los vecinos exigen respuestas, que tal vez no lleguen nunca.