La industria extractiva, y en particular la del petróleo, es un proceso de largo plazo, ya que tiene una serie de componentes de preinversión, de inversión intensiva, de impacto en áreas de influencia directa con un componente propio de la industria y otra cantidad de componentes que se despliegan en una multidimensionalidad muy compleja.
Abarca lo técnico arrancando en la identificación de los reservorios; lo tecnológico, que es cómo se van a utilizar eficientemente esos reservorios; y también lo ambiental, que es inherente a los dos tópicos anteriores. Esto se da con un trasfondo permanente en las industrias constituido por lo económico, lo financiero y la renta. Junto a esto convive el impacto social y cultural que tiene la actividad. Todas esas dimensiones conforman una escena multidimensional que lleva a determinadas tensiones en las que intervienen la política pública, con el dueño del recurso, que es la provincia, con la Nación; la competencia entre las empresas para obtener las áreas; luego, la competencia por las cuestiones más disímiles: desde los puestos de trabajo hasta el manejo de la renta por parte de los municipios. Finalmente, la actividad se transforma en algo que es manejable o no.
En la Universidad del Comahue hay una disciplina para cada uno de estos tópicos que rigen la actividad. Desde la Ingeniería en Petróleo pasando por las Ciencias Económicas, los idiomas -hoy en la mesa de Vaca Muerta se está hablando del déficit en la comunicación en inglés, que es la lengua que habla la industria petrolera en el mundo-, lo ambiental –por supuesto, en términos del impacto actual, la remediación y la restauración–, el desarrollo urbanístico como un componente del desarrollo social sustentable; en fin, hay una serie de variables muy complejas que están desacompasadas hoy en un proceso que se puede equilibrar.
Tenemos un componente importante de tecnología importada, pero, además, profesionales que son los senior de esas tecnologías, que son extranjeros. Entonces, hay una cuestión elemental: determinadas carreras, como Geología, Hidrogeología, Geología de los Reservorios, y distintas especialidades que tienen un enorme potencial pero hay que darles oportunidades. Es un desarrollo de largo plazo al que hay que proveerlo con la herramientas de las políticas públicas y los consensos con las empresas para convertirlo en capital humano instalado.
La universidad tiene una formación general que debe ir más allá de las demandas puntuales. Tiene que formar ciudadanos y profesionales con herramientas que le permitan a cada uno ir buscando su especialización. Hacer una carrera universitaria no es sólo graduarse, además hay que especializarse, posgraduarse. Entonces, hay ámbitos para la inserción en la economía real y en la academia, a través de la docencia y la investigación.
La industria, a través de la oferta de empleo calificado, absorbe graduados jóvenes o pregraduados en su momento pico; luego aparecen los problemas de dilación en la graduación o cuando la industria baja la intensidad. La universidad tiene que adaptarse, por supuesto, tener mayor vínculo con la industria en sus carreras más técnicas, actualizando su horizonte en función de las nuevas tecnologías, de las nuevas formas de desarrollo del negocio, de los avances en los procedimientos de los monitoreos ambientales y de los nuevos esquemas socioeconómicos.