Jorge Coscia: “Biolcati es un residuo de la peor Argentina: oligárquica, egoísta y elitista”

El secretario de Cultura de la Nación dispara contra el presidente de la Sociedad Rural, analiza el voto en las elecciones primarias y explica el éxito del “proyecto nacional y popular”.

Por PAULA BISTAGNINO

“No es casual que la Secretaría de Cultura esté ubicada acá, en la Avenida Alvear. Es un ejemplo más de una concepción cultural, hegemónica en la historia argentina, que planteó que los cultos son los hombres ricos, porque son los que tienen acceso a la cultura europea... Quizá tendríamos que mudarla”, arranca Jorge Coscia, sin medias tintas, cuando se le hace notar que su elegantísimo despacho está enclavado en el corazón del barrio más rico y tradicional, al menos simbólicamente, de la ciudad de Buenos Aires, la Recoleta. Allí, el cineasta, escritor, ex titular del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y secretario de Cultura de la Nación desde 2009, habla con La Mañana de Neuquén y se abre a debatir todos los temas sin condiciones: “Empecemos por donde quieras. Mejor si es el por el principio”, propone.
 
Vamos al principio entonces, ¿cuál es su historia política y cómo encaja en este proyecto?
Soy de una generación que se vio conmovida por la resistencia obrero estudiantil contra la dictadura de (Juan Carlos) Onganía y movimientos como El Cordobazo. Eso marcó mi ingreso a la militancia política, que fue en lo que se llamó la Izquierda Nacional, fundada por Abelardo Ramos. Ahí encontré la síntesis entre mi adhesión al peronismo, por un lado, pero también al socialismo. Sigo pensando muy parecido a mis orígenes y es desde esa base de pensamiento que me acerqué a este proyecto político. Porque encuentro en el kirchnerismo esa misma síntesis. Desde la génesis de esto, cuando Néstor y Cristina en 1998 convocan en El Calafate a un encuentro de referentes del campo nacional, con la idea de que el peronismo podía escapar al triste destino de los grandes movimientos nacionales y populares de América Latina, que desaparecían o, como ocurrió en muchos casos y concretamente acá con el menemismo, se volvían reaccionarios. Ahí surge la idea de que el peronismo no era un volcán apagado y que todavía tenía una capacidad transformadora. Yo entendía eso, por eso nunca estuve con el menemismo, pero tampoco escapé hacia la Alianza.
 
¿Cómo se mezclan cultura y política en esta concepción?
Yo soy un militante cultural, más que un militante político. Quiero decir que pienso la política desde la cultura y trabajo para culturalizar la política. Porque creo que toda visión política es una visión cultural, es decir, que tiene que ver con un modelo de país y una forma de vida. El peronismo, desde mi punto de vista, es una revolución social y cultural. Como todas las grandes revoluciones de la historia, arrasó con un tiempo y transformó estructuras de manera irreparable. Después del '55, acá no se pudo volver atrás. Eso es un cambio cultural. Ahora, hay que saber diferenciar entre lo que es el cambio cultural que lo político genera a través de medidas sociales de integración, igualdad y acceso, de lo que son las políticas culturales que se dan en el Estado. En esas, podría decirse que hay una deuda del peronismo.
 
¿Es una deuda en relación a la libertad de expresión del mundo de la cultura?
En primer lugar, hay que ubicar al peronismo en su tiempo. No se lo puede juzgar con los ojos de hoy. Para ser justos, hay que decir que aquel tirano, como lo llamaban, gobernaba contemporáneamente a (Joseph) Stalin, (Francisco) Franco, la Francia imperialista de Argelia y Vietnam, la Inglaterra de Egipto y la India. Y se podrá decir que acá había un (Raúl Alejandro) Apold que censuraba el cine, en los Estados Unidos tenían a (Joseph) Mc Carthy. Ubicada en ese contexto, la de Perón era una de las democracias más genuinas que hubo en la época.
 
¿Y qué es el kirchnerismo en relación al peronismo?
Es una etapa sorprendente, inesperada y superadora del peronismo. No se puede pensar el kirchnerismo sin la raíz peronista, pero tampoco se puede pensar en la recuperación del peronismo sin el kirchnerismo. Y su mayor virtud es haber abierto el juego, demostrando no sólo una buena comprensión y adaptación a los tiempos, sino una heterodoxia que incluso tiene la capacidad de que hoy se lo llame con otro nombre. Hoy, kirchnerismo es un nombre más contenedor que peronismo y eso le da una capacidad abarcadora que puede cobijar a peronistas y no peronistas de orígenes diversos.
 
En esa capacidad abarcadora, uno ve figuras muy disímiles y hasta contradictorias. ¿Cuáles son los consensos que sostienen esa unión?
La Argentina no se puede gobernar desde un sólo sector y para unir a varios es necesario un núcleo de atracción poderoso. Y acá lo hay, muy claramente: son las viejas banderas de la justicia social, de la autonomía política y la independencia económica, es decir, las viejas banderas de la raíz del peronismo, pero con el agregado de los derechos humanos y la integración latinoamericana, que son dos consensos fundamentales sobre los que se erige el kirchnerismo. Eso lo convierte en una etapa superadora del peronismo.
 
A partir del contundente resultado de las elecciones primarias, ¿cómo evalúa el consenso social sobre este proyecto?
En ninguna sociedad hay unanimidades. Pero esto es la democracia: la pugna de las diferencias. Acá se votó un proyecto político muy claro que propone una cantidad de cosas funcionales al interés colectivo de las mayorías y que tiene la fuerza de conseguir más apoyo a medida que avanza. O sea que se va fortaleciendo. Y esto ha pasado en todo el país. Yo creo que el voto se expresa con una suerte de lógica que tiene que ver con elegir lo que uno entiende que le conviene: la gente ha votado con la cabeza, con el corazón y con el bolsillo. Es esa conjunción, y no una sola razón, la que ha dado este resultado arrollador.
 
¿Qué opina de lo que dijo el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, sobre el “voto plasma”?

Si Biolcati llama así a lo que es el período más fructífero del agro argentino y el momento de mayor valorización que se recuerde del patrimonio agrario, es evidente que está confundido. Creo que en Biolcati está primando lo que (Antonio) Gramsci analizaba como la perdurabilidad de una visión cultural preexistente a una realidad. Es decir: es un reaccionario que responde a una realidad desde una estructura ideológica anacrónica. Y después se quejan cuando los llamamos oligarquía (se ríe). Está rodeado de fantasmas… Biolcati es un residuo de la peor Argentina: oligárquica, egoísta y elitista. Entonces se enoja cuando a un chacarero le va bien. El hombre humilde tiene  un gran sentido común, porque esta muy cerca de la necesidad de supervivencia.
 
¿Por qué cree que el mundo intelectual y artístico apoya al Gobierno?
Es simple: el kirchnerismo es de las expresiones políticas más democráticas que ha tenido la Argentina, sino la más democrática en términos políticos. Lo curioso es que, justamente, se lo acusa de autoritario y de conflictivo como a ningún otro. Bueno, es el viejo truco que también padeció (Hipólito) Yrigoyen. Era uno de los tipos más democráticos y se bancaba que le dijeran cualquier cosa, desde tirano hasta peludo y fascista. Cuando uno lee lo que le decían a Irigoyen, se parece mucho a lo que le dijeron a Néstor y le dicen a Cristina. Lo peor es que se lo dicen por derecha. Antes y ahora: a Irigoyen se lo decían los que después le hicieron el golpe. El kirchnerismo ha hecho lo que ningún otro gobierno en la historia de nuestro país: le dio autonomía a la justicia del Poder Ejecutivo. ¿Quién hizo eso? Así como no hay que olvidarse tan fácil de 2001, hay que recordar que en la Argentina las cortes supremas bendecían golpes militares.
 
¿Por qué se demoniza el debate fuerte?
Es una construcción cultural mediática que se desmorona rápidamente. Así: el establishment cultural argentino ha admirado al hombre más agresivo de la discusión política que se recuerde, Domingo Faustino Sarmiento, pero critica a un ex presidente que en sus discursos decía: “Esta es mi verdad relativa”. Entonces, queda claro que no es más que una chicana política. Se pone a funcionar una utopía reaccionaria basada en la idea del fin de la historia y de la conflictividad en una sociedad que se deja manejar por los grandes poderes y por el mercado. Nosotros lo hicimos y terminamos estallando. La realidad es que no existe sociedad sin conflictividad y lo que ha hecho el kirchnerismo es asumirla y enfrentarla. Y cuando se hace eso, hay disputa y hay crispación. Lo que no están viendo es que el debate fuerte es lo que permite resolver los conflictos en términos políticos y es lo que evita la verdadera violencia.

¿Es ideológica la batalla de los medios opositores o es una cuestión de intereses económicos?
Es absolutamente ideológica. Era algo que ya (Juan Bautista) Alberdi planteaba, casualmente hablando de (Bartolomé) Mitre, al hablar del poder de los medios para difamar, distorsionar la realidad y condicionar la democracia. Da mucho mejor resultado convencer al pueblo de algo, que imponérselo por la fuerza. Es más duradero. A la plaza del ’55, tras la caída de Perón, no la llenó la Sociedad Rural. El gran mérito de las familias que manejaron la Argentina fue lograr que millones que no tenían ni un metro cuadrado de tierra pensaran como ellos, desde lo profesionales hasta los maestros. Es lo que Jauretche llamaba la colonización pedagógica cuando decía ¿qué es el “medio pelo”, sino un hombre que piensa como lo que no es porque vive con la ilusión de que algún día lo será. Esas señoras y señores que en 2008 decían “Yo estoy con el campo” sin saber lo que habría pasado con el futuro de sus hijos si se imponía la famosa causa agraria.

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