Fernando Castro
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NEUQUÉN
Mientras otros duermen la siesta, juegan al fútbol, o van a buscar a los chicos a la escuela, Daniel comienza una tarea que a veces le cuesta mucho: encontrar un lugar disponible para dejar su Fiat Uno en el estacionamiento del casino. Son las cuatro y media de la tarde. En el predio ubicado junto a la puerta de acceso, las cámaras de seguridad vigilan 200 autos que, en su estruendoso vacío, tiran preguntas al aire. Hay un silencio inquietante, como de fiera durmiendo, que cruza como una brisa entre los coches. Daniel -con camperita de vestir sport, pucho fumado de costado y el desprejuicio a flor de piel de sus manos en los bolsillos- cuenta que juega tres veces por semana, “a veces cuatro”, siempre a la tarde, cuando sale de laburar de un lugar donde se “juega fuerte de verdad”: un banco.
Va diciendo esto mientras algo así como una estela de resignación y ansiedad dice “chau” desde su boca y se pierde detrás de dos puertas automáticas que se abren con una farsa de magia: de adentro sale un tiempo sin horas y un nuevo mundo estalla en colores que, por contraste, parecen nuevos. El ruido de las máquinas parece sintonizado en una épica constante de finales de Beethoven. Ahí están, a la hora de la merienda, los monitores de las tragamonedas, destellando más promesas que verdades sobre el rostro de centenares de personas. En su mayoría están solas y solos, y hoy volvieron a peregrinar para, como quien dice, volver a probar suerte.
Los que van solos
Venía con su marido. Pero ahora viene así, sola. “No me molesta”, reconoce cuando le hacen preguntás sobre sus hábitos de juego. Lucía se llama, y debe tener cerca de 65. Es parte de un grupo que, notablemente, es mayoría frente a las maquinitas. Mujeres y hombres de esta edad, que un jueves por la tarde como hoy podrían estar en una plaza con un nieto. Pero están acá. “Tengo temporadas. A veces vengo una semana de corrido, y otras una, o dos veces por semana”, expresa Lucía, que por la mañana trabaja en una oficina y cuando sale, a veces, “se viene derecho” a jugar a las máquinas.
“Ponés 100, 200 pesos, y estás un rato”, cuenta: “En vez de ver a Rial me vengo a jugar unos fichines”, ríe. ¿Lo controla? “Obvio, mirame como estoy, querido”, dice. ¿Todos dicen que lo controlan?
Jugar de verdad
Ramiro tiene 32 años y acaba de jugar tres horas seguidas. “Vine después de almorzar”, se ufana.
El tiempo, otra vez, se le fue de las manos: “Se me hizo re tarde”, dice, aunque no explica para qué. “Juego a las cartas. A esta hora hay un poco menos de gente que a la noche”, el momento del día en el que los jugadores de verdad se someten a la tediosa convivencia con los que van a tomarse unos tragos. Eso explica su presencia por la tarde en la sala.
Mientras ellos se juegan la vida, cualquiera con un mínimo de fortuna pone “diez mangos y te arruina la mesa”, cuenta Ramiro, antes de subirse a un Taunus destartalado que tiene un gran cartel con letras verdes que dice “se vende”.
Son las seis de la tarde, y ya son varios centenares dentro del casino. El sonido de las máquinas se funde en un único y constante final feliz. Al frente de una maquinita está Pedro, que toda su vida se la pasó llevando gente del casino al centro. “Cinco, seis veces me tocó llevar tipos a los que les iba para atrás, y cuando llegaban a destino no me pagaban”, dice mientras mete un billete de $100 pesos. Por lo demás, relata que pasa a buscar a alguien del hotel del casino, o ver si puede levantar algún viaje, y juega unas fichas antes de volverse para el centro con el pasaje.
Tirar unas fichas con el sol bien arriba
NEUQUÉN
En la mayoría de los casos, el jugador de la tarde tiene un perfil distinto al de la noche. Se trata de aquel que llega al casino con la única misión de ganar y que prefiere estar rodeado de quienes sienten la misma pasión o enfermedad por lo lúdico. Es más, odia al apostador nocturno, con el que trata de no cruzarse y solo decide compartir la sala cuando está “enterrado” y necesita recuperar el dinero perdido.
“El problema es que a la noche hay gente que viene como una salida, están distendidos y muchas veces no conocen la esencia de esto y nos complican cuando se sientan al lado nuestro”, cuenta un hombre entrado en años, fanático del Blackjack, quien explica que en ese juego el rol de cada apostador es muy importante para vencer a la banca.
“A veces, con algunas copitas encima, se ponen a jugar, piden cartas de más y nos hacen un desastre porque perdemos todos. Te duele más cuando estás poniendo 500 pesos por pase y te destruye un tipo que se sentó una sola mano con 20 pesos”, ejemplificó.
A los jugadores de ruleta y de poker de alto poder adquisitivo también les molesta esta situación porque se demora el juego.
En toda la provincia hay 23 lugares para apostar
Existe un programa que busca prevenir desde la escuela.
Neuquén
La Provincia del Neuquén cuenta con 2 casinos y 21 salas de juego. La explotación fue concesionada por el Estado Provincial hace más de 15 años. Todos tienen que abonar como contraprestación un canon al Instituto Provincial de Juegos de Azar (IJAN).
Hay una doble vía por la cual deben dejar fondos en el erario público. Por un lado, los impuestos y tasas comerciales en los municipios donde funcionan.
La información oficial a la que accedió LM Neuquén da cuenta de que en el período 2011/2013 dejaron en las arcas públicas cerca de 100 millones de pesos.
Este año se espera una proyección superior en casi un 60 por ciento.
Todas los concesionarios cuentan con programas de responsabilidad empresaria, “mediante los cuales se intenta contribuir al desarrollo y mejoramiento social y económico de las comunidades en las que se encuentran insertos”, informaron desde el Instituto Provincial de Juegos de Azar.
Este organismo, de forma parelela, busca atenuar el impacto del juego a escala social, con un programa en particular.
Se trata del que lleva adelante el departamento de Juego Responsable. Según la Provincia, es un “hecho inédito en el país y en Latinoamérica: la implementación de un Programa Integral de Capacitación para el Diagnóstico, Tratamiento y Prevención de la Ludopatía, Capacitación Interdisciplinaria en Juego Responsable”.
Uno de los objetivos primordiales que de seguro tendrá el programa para los próximos años será dar un marco de contención, en un contexto de llegada de mayores inversiones a las localides petroleras, tradicionalmente afectadas por la ludopatía.
Mediante este programa se busca otorgar herramientas a los agentes de la Salud Pública, entre ellos médicos y psicólogos, asistentes sociales, psicopedagogos, terapistas ocupacionales, agentes sanitarios, operadores comunitarios y enfermeros.
Asimismo, se brindará a docentes de escuelas de toda la Provincia del Neuquén un Curso de Psicoeducación y Prevención de los problemas derivados de los Juegos de Azar y abuso de las Nuevas Tecnologías, como una forma de afianzar la prevención en edades tempranas.