Aquellos a quienes el imaginario colectivo disfraza con anteojos de vidrio grueso, pelo desprolijo y batas blancas son en realidad personas corrientes que, en los últimos días, tuvieron que cubrirse con banderas y panfletos para defender su rol como científicos ante un recorte presupuestario del Conicet que redujo a la mitad la cantidad de vacantes para la carrera de investigador.
El Gobierno fue tajante: sólo ingresarán a la comisión científica 450 mentes lúcidas y serán, en mayor medida, las que investiguen temas prioritarios y estratégicos para la Nación, en consonancia, quizás, con las críticas que circularon en las redes a los científicos sociales que estudian fenómenos como el tango o la revista Billiken.
Generar nuestras propias matrices de pensamiento e invertir en el desarrollo de conocimiento local es una herramienta fundamental para generar soberanía. Pero investigar no es sólo encontrarle la cura al cáncer.
Desarrollar conceptos de ética, analizar la pobreza o la discriminación, comprender los movimientos políticos locales y las relaciones de género son temas necesarios que nos ayudan a tener una forma propia de ver el mundo y pensar maneras más justas de organizar la sociedad. Los avances de la ciencia no dependen de la labor de un solo investigador, sino que se construyen por un trabajo de capas, donde cada pequeño ejemplo se retoma por otro científico para su desarrollo ulterior hasta llegar a un descubrimiento que puede transformar el mundo.
Con esta decisión, el Gobierno retira 500 ladrillos de la construcción de la ciencia argentina y expulsa a cientos de jóvenes despiertos a otros países donde, en lugar de esponja y detergente, obtienen recursos para hacer avanzar el mundo.
Con los recortes al Conicet, el Gobierno expulsa a cientos de jóvenes científicos.