Para los defensores de los animales, el origen del problema siempre estuvo en la diferenciación de las especies. Algunos sí y otros no. Los seres humanos, sí. Son dueños de sentimientos y sujetos de derecho. No pueden ser maltratados. Los otros animales, no. Son objetos, adornos, son comida. Se puede disponer de ellos como uno quiera.
Con la creciente tendencia de adoptar mascotas e incorporarlas al seno familiar, se incrementaron también las voces en su defensa. Perros y gatos, sí. No son objetos. Son seres que sienten y sujetos de derecho, que se merecen desde cuidados veterinarios y alimento balanceado hasta sesiones de spa para los casos más extremos.
Mientras las llamas relamen los bosques de Australia, miles de voces en el mundo se dejan conmover por los más de mil millones de animales que perecieron en el fuego. Los koalas, sí. Esos ositos tiernos y exóticos merecen sobrevivir. El problema aparece con los animales que cumplen otras funciones. Los caballos que nos trasladan y los cerdos, vacas y corderos que nos alimentan. ¿Sí o no? Parece que a veces sí. Corresponde defenderlos cuando se ostenta su muerte de forma obscena, cuando caen de helicópteros o se los fustiga frente al público. Y no cuando se mueren de forma invisible y aparecen, convenientemente, envasados al vacío en un supermercado.
¿Por qué osamos criticar a los que arrojan un cordero a una pileta cuando acabamos de comernos otro que corrió una suerte similar? ¿Es sostenible criticar el morbo de los empresarios cuando no somos vegetarianos? ¿Es cierto que hay especies que se merecen más respeto que otras? Pareciera que, antes de criticar, es necesario indagar nuestras propias conductas antes de ser abanderados en causas que no militamos de verdad.