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La dignidad de una agonía

Pablo Montanaro

“Muy pronto el alma de Marcelo será libre”. Con estas palabras, Andrea Diez celebró el fallo de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, que reconoció el derecho a la muerte digna para su hermano Marcelo, quien hasta ayer, pasadas las 18:15, permanecía en estado vegetativo desde hacía veinte años. Acaso ayer, mientras el obispo Virginio Bressanelli criticaba el fallo señalando que se trataba de una eutanasia encubierta, Adriana, la otra hermana de Marcelo, recordó una vez más aquella mañana, cuando su hermano, que tenía 15 años, leyó en la revista Selecciones el caso de Karen Ann Quinlan, una joven de Estados Unidos que entró en estado vegetativo por consumo de alcohol y drogas. “Si me pasa algo así, a mí me dejás morir”, le había dicho. Desde aquel accidente de octubre de 1994, el cuerpo vacío y sin señales de Marcelo se convirtió en un símbolo de lucha. “Marcelo vive”, “Muerte indigna”, “A Marcelo lo mata el Estado” son algunas de las pintadas que pueden observarse en las paredes de esta ciudad. La no vida de Marcelo fue una agonía prolongada artificialmente como afirmara Ignacio Maglio, uno de los impulsores de la ley de muerte digna. Elegir cómo y dónde morir es un derecho. Aun más cuando la medicina ya no puede curar, cuando en el estado vegetativo permanente e irreversible no hay conciencia, no existe ni un rasgo de voluntad. Una vez más, la clave de este asunto está en la dignidad que se enfrenta a lo biológico. Los padres de Marcelo lucharon incansablemente por traerlo a la vida, sus hermanas ya sentían que lo habían “perdido” y admitieron que ese cuerpo, cuidado e intervenido con buena voluntad, ya no era el de Marcelo porque él “no hubiera querido estar vivo” de esa manera.