La muerte de Gustavo Cerati, tras cuatro años en coma, generó que el caso de Marcelo Diez, el hombre que se encuentra en estado vegetativo desde hace veinte años a raíz de un accidente vial, volviera a instalarse en las conversaciones de los neuquinos. Y más aún a partir del pedido de informes médicos que hizo la semana pasada la Corte Suprema de Justicia, para resolver el pedido de “muerte digna” que vienen solicitando los familiares del paciente.
Se presume que el camino de la resolución final de este polémico caso está más cerca, teniendo en cuenta el dictamen que hiciera en abril pasado la Procuradora General de la Nación, Alejandra Gils Carbó, de avalar el pedido de las hermanas de Diez para permitir el retiro de los soportes vitales que lo mantienen con vida en forma artificial.
La resolución judicial tendrá una enorme resonancia en la sociedad neuquina, dividida entre quienes apoyan la postura de las hermanas Diez y quienes -encabezados por el obispo Virginio Bressanelli- salieron en defensa de favorecer la continuidad vital del paciente.
En este caso, sabemos que ya la medicina no puede curar, que en el estado vegetativo permanente e irreversible no hay conciencia ni voluntad, “no existe ningún rasgo psicológico que pueda describir que el paciente se mantiene con vida”, como señaló uno de los médicos, que estableció una diferencia entre “dejar morir” y “permitir morir”, considerando un acto médico evitar la atención terapéutica para permitir morir al paciente de una enfermedad que es incurable. La clave, como la de otros casos similares al de Diez, está en la dignidad que, obviamente, se enfrenta a lo biológico y al concepto de muerte.