La economía de la basura

Cada día, decenas de adultos y niños convierten los desechos en un recurso. Familias enteras se mudan a los alrededores del Centro de Deposición para separar material reciclable y luego venderlo.

Por ROBERTO AGUIRRE

Llegan desde la meseta, pero también desde barrios del oeste y localidades aledañas. Juntan entre 40 y 60 pesos por día.

 
Neuquén > El ciclo se repite de forma mecánica. Usted deja su basura en el cesto. Unos 20 camiones recolectores de la empresa Cliba la recogen y la llevan al basural de la meseta. Allí, decenas de personas, entre ellos varios niños, separan el material de reciclaje y la comida para los chanchos. Luego la venden a un mayorista para poder comprar alimentos que a su vez producirán más basura que terminará en el basurero.
Hasta el viernes de la semana pasada, ente los separadores estaba Nicolás, un chico de 14 años. Ahora ocupa una cama del Hospital Castro Rendón, luego de que uno de los vehículos volcadores le aplastara la cabeza. En ese lugar, una sala iluminada con tubos fluorescentes, con olor a yodo y a desinfectante, también se producirá basura que irá a la meseta y otros revolverán para separar lo que les sirva.
Los caranchos revolotean. Son las 12.30. A 100 metros del ingreso principal del Centro de Deposición Final se encuentra la entrada de los cirujas. Llegan cada día, silenciosos, a revisar la basura de otros. Sus carretas rodean el predio. Sus manos desnudas se entierran en los desechos y separan de forma quirúrgica. Separan cartón, vidrio, hierro y plástico. Separan lechuga, tomates, naranjas, cáscaras y carozos. Separan radios, teléfonos, CPU e impresoras. Separan.
Batallan por llegar primero cuando el camión descarga sus ocho toneladas de basura. Se abalanzan sobre el vehículo. Se lastiman.
Arman improvisados puestos a los costados del predio, junto al alambrado. Los van trasladando a medida que se rellena una cava y se abre otra, a varios metros del lugar. Son arqueólogos, que revisan la basura en busca de un resto que pueda transformarse en dinero. 
 
Los niños y la basura
Los niños también revuelven en la acidez del ambiente. Se multiplican en vacaciones, cuando la meseta no les presenta otra opción de esparcimiento. El viento levanta un vapor denso que se impregna en la piel y en la ropa. Un chico de unos 12 ó 13 años camina entre las pilas de desechos. Viste una remera amarilla de mangas largas y una gorra sucia. Responde con monosílabos.
-¿Sos de acá vos?
-Sí.
-¿Venís todos los días?
-Sí.
-¿Estás con tu familia?
-Sí.
-¿Vas al colegio?
-Sí.
-¿Estas de vacaciones?
-Sí.
-¿Te gusta venir acá?
La última pregunta la responde con una sonrisa. Sigue su camino.
 
 Al monte
“Acá no hay baños, ni guantes, ni reparo. Si nos apura la necesidad salimos para el monte”. Un hombre de unos 50 años repasa la conquista junto a su familia: una bolsa grande de arpillera con comida para los chanchos; un corral cargado de plástico que luego se llevará la camioneta del acopiador.
Los caballos relinchan, nerviosos. “Ustedes los periodistas vienen acá, sacan fotos, y nosotros quedamos como que estamos robando. Nosotros estamos laburando”, dice, achinando los ojos para evitar el sol.
Juntan entre 40 y 60 pesos por día. Toda una economía que surge de los desechos: allí donde algunos ven basura, otros ven un recurso. Familias enteran viven de la separación y el acopio.
 
Cirujas itinerantes
No todos vienen de la meseta. "Yo a los pibes los dejo en casa”, aclara Alejandro. Está sentado bajo un toldo, tomando mate. A su lado, se pudren los desechos de un cuarto de millón de neuquinos. “Venimos de Cuenca XV. Nos quedamos toda la semana y bajamos para al finde. De algo hay que vivir”, dice.
“Hay mucha gente que viene de barrios del oeste, de Centenario y de Plottier. Arman casillas de nylon y se quedan por la semana”, explica Oscar Luffi, presidente de la comisión vecinal de Colonia Nueva Esperanza. 
“Cuando uno dice que la gente va al basural a comer a veces se malinterpreta. Yo digo que la gente come del basural, porque de ahí sale la plata con la que viven día a día”, asegura.
“Nosotros pedimos que a la gente se le provea de medidas de seguridad laboral y un baño en el lugar, para poder higienizarse”, asegura Luffi. También afirma que alguna vez se intentó levantar una guardería para que las familias puedan dejar a sus hijos, pero se terminó destruyendo.
“La gente pide baños químicos, pero cada vez que se puso algo lo rompen todo”, cuenta uno de los playeros de Cliba que trabaja en el lugar. Afirma que todos los días son unas 200 las personas que llegan al lugar y que la mayoría ya son conocidos.
El viento arrastra bolsas de nylon. Alrededor de las 14, muchos comienzan a irse. Un largo peregrinaje de carretas hacia la meseta. Otros se refugian en improvisadas chozas donde dormirán las siguientes noches. La basura, en lento tránsito hacia un estado gaseoso, reposa sobre la tierra, esperando a que otras manos vuelvan a escarbarla. 

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