Por Humberto Zambon
La actualmente llamada ortodoxia económica está fundada en los desarrollos de la escuela neoclásica o marginalista, que es nuestro tema de esta semana.
La teoría neoclásica se origina en tres estudios, realizados de forma independiente pero con grandes coincidencias, por Carl Menger, creador de la “escuela austríaca”, que en 1871 publicó su libro Principios de Economía; el inglés William Jevons, que en el mismo año dio a conocer Teoría de la Economía Política, y el francés León Walras con un estudio sobre el equilibrio general de la economía de 1879. Fue una reacción contra la escuela clásica; precisamente uno de sus fundadores, Jevons, escribió en 1879 que Ricardo había llevado a la economía por un camino equivocado.
Reemplazaron el fundamento teórico del valor-trabajo desarrollado por los clásicos por el valor-utilidad. El primero pone el acento sobre la producción y el carácter social del trabajo para el intercambio; es esencialmente objetivo (horas de trabajo socialmente necesarios para la producción), mientras que la teoría del valor-utilidad es subjetiva y pone el acento sobre el consumidor. Su preocupación dejó de ser el largo plazo y las grandes variables de la economía; por el contrario, se concentra en la determinación de los precios relativos y en la asignación de los recursos escasos, bajo el supuesto de conducta racional: que los consumidores tratan de maximizar su satisfacción (utilidad) y los empresarios sus ganancias.
Lógicamente, es un producto de la época (fines del siglo XIX y principios del XX) en la que la concepción dominante era el positivismo, con su fe en el progreso y en la racionalidad creciente. Todo el análisis neoclásico muestra la armonía natural de la sociedad, en la que el mercado asegura el resultado óptimo para todos los participantes.
Consideran central el análisis de la función de producción, presentada como una combinación, en cantidades continuas y variables, de capital y de trabajo y donde cada uno de ellos es sustituible parcialmente por el otro. Si uno de los dos factores (por ejemplo, el capital) se considera fijo y se aumenta en cantidades pequeñas al otro (el trabajo) el producto total va a aumentar pero, lógicamente, a medida que se incrementa el trabajo (como las máquinas y herramientas no varían) los aumentos van a ser cada vez menores.
Si medimos el total producido en un momento, y luego de aumentar una unidad el factor trabajo (dejando constante al capital) volvemos a hacerlo, el incremento del producto resultante se denomina producto marginal del trabajo. En estas condiciones, y por lo visto en el párrafo anterior, es una ley que el producto marginal del trabajo sea positivo y decreciente. Lo mismo con el producto marginal del capital.
Beneficios
¿Cuál es la actitud racional del empresario? Es maximizar su beneficio. Mientras que el producto marginal resultante de incorporar una unidad más de trabajo (o de capital) sea mayor que el costo de esa incorporación, conviene hacerla porque el beneficio total aumenta. Así, hasta que coincidan producto marginal y costo marginal. En otras palabras, el equilibrio se encuentra cuando el salario real se iguala al producto marginal del trabajo y, con el mismo razonamiento, cuando el costo del capital sea igual a su producto marginal.
Para los neoclásicos, si bajara el interés (costo del capital) o subiera el salario real, se incorporaría capital en reemplazo de trabajo; al revés si subiera el interés o bajara el costo laboral.
Obsérvese que en este modelo no existe desocupación involuntaria. Si se presenta es porque el salario es superior al producto marginal que resultaría de ocupar a todos los trabajadores; bastaría aceptar un salario real menor para encontrar trabajo.
El mercado se encarga, si nadie interfiere, de que exista ocupación total de trabajo y de capital.
El salario y la retribución del capital dependen de sus respectivas productividades marginales. En consecuencia, se desprende de este análisis que la distribución del producto total entre salarios y ganancias es el resultado de leyes objetivas independientes de la voluntad humana; la intervención del estado o de los sindicatos para modificar esa realidad, por ejemplo fijando salarios mínimos, resultaría inútil o contraproducente. William Jevons sostuvo en 1866 que la distribución del ingreso se guía por leyes naturales; cualquier acción para modificar esa distribución va contra los trabajadores por menor ocupación. Es la misma concepción teórica la que siguió casi un siglo y medio después el entonces ministro de economía del gobierno de De La Rúa, Ricardo López Murphy, cuando propuso bajar los salarios para combatir a la desocupación.
La teoría neoclásica supone una función de producción en la que no existen economías o deseconomías de escala; para ellos el costo unitario de producir una unidad o cien es el mismo; es decir, el costo total en el segundo caso sería cien veces mayor que en el primero. Este supuesto, evidentemente, no se corresponde con la realidad: piense usted en la diferencia de costos de cada automóvil si tuviera que producirse artesanalmente frente a lo que resulta con una producción en serie de acuerdo a la organización fordista. Es más, la existencia de economías de escala es lo que justifica la integración económica de los países, como el Mercosur.
Sin embargo mantienen el supuesto, porque en base al mismo demuestran matemáticamente 1 que el producto se distribuye íntegramente entre la retribución del capital y del trabajo, y que esa distribución se realiza en función del aporte marginal de cada uno de los factores al proceso productivo. El mercado, por sí solo, logra la “justicia distributiva”.
Resulta claro el carácter apologético del pensamiento neoclásico. Para él, las leyes objetivas de la economía, mediante la libertad del mercado y sin interferencia del Estado, aseguran el óptimo y la armonía social. Su aplicación práctica es el neoliberalismo.
1-Utilizando el teorema de Euler para funciones homogéneas y lineales.