Centenario.- Cuando la vida apura, ya no hay tiempo para el ocio o para escuchar las canciones de moda. De noche, en los pasillos del CPEM 87 de Centenario el silencio se adueña de los recreos, lejos del murmullo y la rebeldía adolescente.
Es que estudiar en un colegio nocturno es la contracara de esas historias de gladiadores del secundario. La vida ya no es más como en las películas (como le dice Alfredo a Totó en la inolvidable Cimema Paradiso), donde todos quieren volver a los 18 años, a los amigos en barra, las risotadas y las salidas los fines de semana.
Por cierto, para muchos de los 360 alumnos que van a este colegio, la vida real es mucho más difícil. Es intentar terminar el secundario, como una deuda pendiente, como la última pieza de ese complejo rompecabezas que para muchos no tiene forma sin un título.
Son las 19:30 de un martes, y en el recreo los alumnos hablan con sus familias por celular para saber cómo marchan las cosas. Nadie puede despegarse ni un segundo de la otra vida, que dejaron hace unas horas, contaminada por la rutina, el trabajo, los hijos o la pareja.
Estudiar de noche es como llevar una cruz en la espalda, dibujada por la misma sociedad que alienta el prejuicio. Pero para los directivos es todo lo contrario: es la mejor oportunidad para luchar contra la deserción escolar y ponerse un objetivo en la vida.
“Hoy, hasta para pasar un trapo de piso te piden el secundario”, se lamenta Teresa, de 45 años, quien fue alentada por su hija para terminar lo que nunca había empezado.
La mujer es una de las más grandes del colegio y algunas chicas la toman como una consejera. Trabaja en el hospital local y su sueño es ser enfermera, como lo será su hija dentro de unos años. Dice que la escuela le cambió la rutina y el ánimo. “Para mí, el mundo eran mis hijos en la escuela y la casa. Nunca imaginé seguir estudiando”, explica.
Juan Carlos Flores tiene 18 años y es albañil. Trabaja para una empresa y es de esas personas que cualquiera puede ver en una obra, empapado de cemento, como un anónimo en la ciudad. Cada vez que entra al aula, lo hace a las apuradas, después de darse un baño e intentar relajar los brazos, rígidos de manejar una carretilla y levantar decenas de baldes de arena.
“Siempre llego cansado, pero los profes te dan facilidades, te ayudan bastante. A veces no llego con los trabajos prácticos porque trabajo todo el fin de semana”, comenta.
Cuando alguien tiene la idea fija de concluir una meta, apela a todas las alternativas para hacerse un tiempo. Esto es lo que le sucede a Yanina Espinoza, de 26 años, una ama de casa con tres hijos y una familia que atender. La vida doméstica no parece ser compatible con sentarse un rato a leer fotocopias.
“Es complicado cuando tenés tres hijos. Lo que hago es grabar las clases y mientras limpio y hago las cosas de la casa, escucho las grabaciones de los profesores con los auriculares. Sentarme con una carpeta es difícil y casi no tengo tiempo”, explica, junto a Romina Lobo, de 27 años, quien llegó hace unos años a Centenario y busca terminar la escuela.
A Javier, de 23 años, le pasa que no ve la hora de conseguir un trabajo menos duro. También es albañil y el cansancio hace que durante la noche apenas pueda prestar la debida atención a las clases, donde los profesores conocen muy bien la vida que lleva el joven. Dice que tiene una deuda con él mismo y su familia, y que el título es una obsesión que lo persigue y que hasta sus jefes lo alientan a terminar.
“Yo trabajo, pero como particular todos los días. Es cansador, no es algo de lo que yo quisiera vivir toda mi vida. Quisiera encontrar algo mejor, no tan sacrificado. Me siento en deuda con mis viejos, pero quiero conseguir un título y un buen trabajo”, dice el joven, de gorrita y en un tono que denota timidez y respeto.
Sergio León tiene 18 años, trabaja en un mercado y quiere tener el título secundario. Antes del nocturno, cursó hasta segundo año en la EPET 2, pero no soportó las dificultades de un colegio exigente, con jornada completa.
El joven se sorprende de lo distinto que es estudiar de noche. Asegura que en su curso no se habla de chicas ni de salidas, y que la mayoría de las alumnas trabajan de niñeras, cuidando bebés en casas de familias de clase media. “Acá todos son conscientes de la razón por la que están en este lugar”, comenta.
El profesor cierra la puerta del aula y afuera la noche está más negra que nunca y sin estrellas. Tanto como el alma de muchos pibes que, a toda costa, quieren amanecer un día estrujando el título entre sus manos y despertar de una pesadilla que les construyó el propio destino.