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Catalina Arca - Enviada Especial a Temuco
Estoy cansada, con sueño e insolada luego de una intensa jornada de 12 horas seguidas dedicadas a Francisco en Temuco. Sin embargo, la experiencia valió la pena para presenciar una verdadera fiesta de la fe.
Personas de todas las edades acamparon desde la madrugada en un predio a la fría intemperie para esperar al máximo representante de la Iglesia católica, que cuando llegó fue aplaudido en cada oración.
Durante una hora y media de misa, los peregrinos acompañaron al santo padre y se emocionaron por sus palabras. Se paraban, se persignaban, agitaban la bandera blanca y amarilla, o simplemente observaban atentamente los movimientos en el presbiterio. Y aunque no soy una persona religiosa, la energía que sentía en el predio de Maquehue me hizo emocionar.
En ese momento, se me puso la piel de gallina al ver a cientos de personas admirar a Francisco. Esa misma gente con la que compartiste las dos horas y media de fila para ingresar y luego para salir, que te contó de dónde venía y por qué, que señalaba una y otra vez la oportunidad única que significaba estar ahí.
Y tenían razón, porque sea lo que sea en lo que creamos, necesitamos fe.