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La fiesta del río para el pueblo

Es incómodo para mí usar la primera persona en un diario, pero esta vez voy a asumir ese riesgo, como el de opinar sobre una fiesta que acabo de conocer. Recién llego a Neuquén desde Mendoza, aclaro y acepto las descalificaciones que merezca mi opinión por esa circunstancia.

La Fiesta de la Confluencia se merece la repetición en el tiempo más allá de las consideraciones coyunturales que cada edición genere.

Así como se puede disfrutar de la propuesta y saltar y cantar a morir con los artistas convocados, como lo hizo una multitud este fin de semana, se puede pensar que la organización ocasiona un gasto inútil o que hay otras prioridades, porque siempre las habrá. También se puede cuestionar la utilización política de los gobernantes de turno y hasta se puede caer sobre el comportamiento de los que asistieron al evento.

Sin embargo, estoy convencido de que vale la pena insistir año a año, porque la repetición en el tiempo hace que las consideraciones del presente pierdan sentido frente al hito cultural que se construye.

Mendoza le debe fama nacional e internacional a la Fiesta de la Vendimia, que nació en 1936 como una celebración de los que hacían el vino. Y desde entonces genera críticas matizadas por los calores coyunturales, pero eso no le quita el don de representar a una provincia, más allá de los gobiernos y los empresarios agraciados de turno.

Con la repetición infinita, los pueblos les pintan el alma a sus fiestas. Si dentro de 50 años la Confluencia vive, pocos se acordarán de Pechi Quiroga o los concejales que salieron por la televisión en la transmisión de la quinta edición.

En cambio, los ríos, que deberán estar saneados para ese tiempo o habrá fracasado todo en esta ciudad, seguirán siendo un motivo de admiración para quienes llegamos desde afuera atraídos por Neuquén. Y la fiesta será, entonces, un motivo para celebrar a los ríos y referenciar a la ciudad más allá de sus fronteras.