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La foto del ahorcado

Por SERGIO FERNÁNDEZ NOVOA (*)

La foto está ahí, impúdica, en la tapa de uno de los principales diarios de España. El ministro de Economía español, Luis de Guindos, es tomado del cuello por Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, espacio que congrega a los ministros de finanzas de la Unión Europea. El funcionario que padece el ahorcamiento esboza una leve sonrisa, más por compromiso que por divertimento. El financista ríe.
Como reza el dicho popular: una imagen vale más que mil palabras. Las finanzas ahorcan a la política. Pero la foto no escandaliza al diario El País, quien la pone en su portada para figurar una justificación.
El epígrafe reza: aprieta pero no ahoga. Título difícil de refrendar si se tiene en cuenta que el gobierno de Mariano Rajoy deberá recortar 5.000 millones de euros más que los anunciados pocos días atrás, elevando el ajuste a 35.000 millones de euros.
Además Junker, no sabemos si antes o después de poner las manos en el cuello del ministro, fue muy claro: “Preocupa el aumento de la pobreza y el incremento del paro en España, pero hay que exigir un esfuerzo adicional”. Ante tanta franqueza, la foto se explica por sí sola.
La imagen podría pasar inadvertida de este lado del océano. Salvo por dos cuestiones que nos interpelan de manera directa. La primera, de índole económica: en un contexto de ajuste y con el Estado apremiado por dinero fresco, va a aumentar la presión para que las empresas españolas que operan en la Argentina remitan utilidades hacia ese país.
Basta recordar la publicidad de un banco de esa nacionalidad que opera en nuestro país y, para más datos, da nombre a la Copa Libertadores. En ella llevaba tranquilidad a los ahorristas españoles aseverando que la mayoría de sus ingresos provenían del extranjero.
No podemos evitar señalar el caso de Repsol, que remite sus utilidades en lugar de reinvertirlas en la Argentina. La situación es tan grave que la semana que pasó los gobiernos de Chubut y Santa Cruz le rescindieron la concesión en cuatro yacimientos, situación que podría extenderse a Mendoza y Neuquén.
La otra cuestión que conlleva “la foto del ahorcado” sobreviene de modo indirecto, aunque no por ello resulta menos importante. Coloca en el centro del debate público, de manera obscena, la sumisión de la política respecto al poder del dinero, estimulando el debate sobre la participación de la ciudadanía en la cosa pública.
Es la repolitización de la sociedad argentina, que se verifica desde 2003, la que nos hace reparar en la foto en lugar de naturalizarla. Durante la década del noventa, los argentinos tuvimos fotos y epígrafes quizás más crudos que los que aquí se comentan.
Imágenes de fábricas cerradas, desocupación, pobreza, frivolidad y resignación eran cosa de todos los días. Sin embargo, al igual que ahora sucede en España con los indignados, con los trabajadores que el 29 de marzo próximo van a protagonizar una huelga general contra la reforma laboral y con los jóvenes que se movilizan para defender su derecho a la educación, en la Argentina hubo resistencia y protagonismo popular para parir este presente.
La participación política de los jóvenes, de la que tantos editoriales han escrito, va mucho más allá de la renovación generacional que necesita la política para no convertirse en algo quieto, anquilosado y rancio. Se trata de no delegar. Es un síntoma de madurez, tanto en la política como en la vida, que tiene que ver con hacerse cargo de los problemas e intentar resolverlos.
Son miles los jóvenes que decidieron tomar el futuro, individual y colectivo, en sus manos para convertirse en protagonistas de la vida política, económica, social y cultural. Aquí, en Europa y el mundo árabe hay una certeza: el capitalismo neoliberal no da respuestas materiales ni espirituales a la inmensa mayoría de los seres humanos.
En la Argentina, la participación juvenil no se limita a quienes adscriben al oficialismo, sino que abarca distintas corrientes políticas e ideológicas. Aunque todos tienen algo en común: se sienten convocados por la etapa histórica y deciden intervenir.
Por esto, y no por otra cosa, los medios hegemónicos los demonizan. Como fieles deudores y beneficiarios del neoliberalismo, las empresas periodísticas tradicionales necesitan que la política sea algo de pocos y que no le interese a nadie, salvo a la hora de ir a votar. Su negocio es la anti-política. Sólo así preservan el statu quo. Es la conciencia respecto a esto lo que torna inaceptable la foto del ahorcado. Es que más allá de sonrisas y complicidades, de la frivolidad y espectacularización aun de las que deben tomarse en serio, en las manos de Jean-Claude Juncker encontramos, al menos un poco, el cuello de cada uno de nosotros. Y sirve tenerlo en claro para continuar el camino hacia un lugar mejor para todos.
 
(*) Periodista. Director de Guayaquil Centro de Estudios en Política y Comunicación para América Latina.