El primer reporte oficial de la Policía cifró en 19 los muertos y en 50 los heridos en el Manchester Arena, con capacidad para 23 mil personas, durante un show de la cantante estadounidense Ariana Grande. “Fue muy aterrador. Justo cuando las luces se apagaron oímos una explosión muy fuerte. Todos gritaron”, describió Michelle Sullivan, quien asistió al concierto con sus hijas, de 12 y 15 años, citada por el portal BBC Mundo. Las autoridades británicas actuaron bajo las normas de los protocolos previstos para casos de atentado. Desde el 11 de setiembre del 2001 no es posible no pensar en un atentando ante un hecho de estas características, aunque no hubiese sido tal cosa. Antes del ataque a las Torres Gemelas, la primera consideración frente a una explosión, un atropellamiento en masa u otro hecho por el estilo era a favor de un accidente. Bin Laden, jefe de Al Qaeda, fue abatido por un comando estadounidense en Pakistán, en venganza por aquel atentado. Barack Obama celebró la caza ante el mundo. Su antecesor, George Bush, le había declarado la guerra al terrorismo el mismo día en que el mundo presenció estupefacto cómo caían las Torres Gemelas luego de ser atropelladas por aviones de líneas comerciales. Desde entonces, las muertes en la guerra declarada se han multiplicado por miles sin que la confrontación tenga visos de finalizar. España, Francia, Inglaterra, Alemania y Rusia fueron sedes de atentados después de declarada la guerra al terrorismo por Bush. Existe la convicción de que los terroristas pueden actuar en cualquier parte. El 3 de junio, en Cardiff, capital de Gales, se juega la final de la Champions, con 74 mil espectadores. Ahí están clavadas todas las miradas. Y todos los temores.
Desde que Bush hijo le declaró la guerra al terrorismo, los muertos se multiplicaron y se expandió la inseguridad.