La tendencia hegemónica (palabrita de moda, dicho sea de paso) consiste en endiosar la imagen. La televisión primero, las nuevas tecnologías sumadas a internet más acá, y las redes sociales ahora nos han ido brindando el soporte ideal para desatar nuestra creciente, irrefrenable pasión por mostrarnos (más con fotos y videos que con ideas oralizadas y/o escritas). En este tiempo, parece que existimos si y solo si logramos la aprobación inmediata de los “ciberamigos” vía las pantallas en sus múltiples formatos. Así, muchísima gente -en especial los más jóvenes, pero demasiados grandes también- ha caído dentro de un cepo: lo que el contorno de sus cuerpos proyecta hacia los demás.
Esa dependencia suprema de lo exterior deriva, por ejemplo, en una de las formas de discriminación. Los que no entran en los estándares dominantes de “belleza” quedan fuera del círculo, de las posibilidades, de los merecimientos. Son segregados.
Esa misma dependencia -otro ejemplo del que tenemos un par de casos muy públicos en estos días- pone directamente en peligro la vida de las personas. Es el caso de las cirugías estéticas para camuflar lo que naturalmente y con toda lógica se va cayendo. Del bótox a la grasa y al metacrilato, entre otras sustancias en auge, las personas se someten al bisturí con la falsa fe de detener el tiempo. Tarea inútil si las hay. Y, encima, muchas veces el desconocimiento (o la desesperación) los pone en manos de técnicas y “especialistas” de altísimo riesgo.
¿Qué tal si cuidamos un poco menos el envase y le apuntamos más al contenido? ¿Qué tal si probamos mirarnos menos al espejo o a la camarita y enfocamos nuestros ojos directo a los ojos de los otros?