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La jefa de hogar y el juguetero

Luis Sartori.

Como permiten las capas de la cebolla, y la vida cuando nos permitimos desacelerar y mirarla de frente a los ojos, la historia de las adolescentes que se llevaron peluches de la juguetería fue descubriendo otras historias más profundas. Lo revela la entrevista de Gretel Olivares en la página 36.
Una es la de Susana (la mamá de una de las chicas apresadas), 36 años, jefa de familia con siete hijos y una nieta sobre las espaldas. No tiene trabajo y lo busca, para dejar de padecer que las cosas le “llueven” y no se las “gana”. Por el lado laboral necesita recuperar la dignidad.
Ésta es su dura actualidad. Pero también carga con un pasado denso: huérfana a los 11, fue “institucionalizada” (vivió hasta los 18 en un hogar de menores) y la hicieron “madre” a los 13. Evidentemente, tuvo más hijos que posibilidades de estudiar: no terminó el secundario y hoy se arrepiente.
En medio de su desamparo, valora que alguien le dé un buen consejo.
Y ahí su historia se entrelaza con la de Francisco, el juguetero.
El azar los acercó pero se unieron por la sensibilidad. Porque el comerciante se puso del otro lado del mostrador desde el primer momento: les regaló los peluches a los chicos, le festejó a la piba el cumpleaños número 16 (ella, un sino familiar, también parió a los 13), les regaló mercadería y recomendó a Susana para un trabajo de lavacopas.
Y, sobre todo, el hombre con nombre de papa argentino y de santo austero le dedicó a una mujer seguramente estigmatizada sus oídos y su tiempo. Lo más valioso y difícil de encontrar entre dos personas.
En menos palabras: a partir de un hecho policial, éste es -aunque te cueste creerlo- el milagro de una esperanza neuquina.