Al mismo Julio Grondona al que hoy acusa un coro unánime, contándole las costillas y los bienes personales, destapando más ollas que en un programa de Masterchef, la mayoría se le animó recién cuando ya los miraba desde el cielo (o desde el lugar al que haya ido a reposar eternamente el alma de don Julio). En vida, sólo un puñado de valientes le mostró las garras y le criticó su personalismo y su conducción reñida con la moral y las leyes. Todos sabían. Nadie se le oponía. ¿Por qué iba a ser distinto con el amigo Blatter, amo y señor de la multinacional más poderosa del planeta? ¿Por qué el mundo del fútbol necesitó que la Justicia de Estados Unidos destapara lo que todos sabían para decir en público cuánto horror les generaba la corrupción develada y clamara por un fin de ciclo? Es éste el deporte más popular, sin dudas. Segunda, bien cerquita, está la hipocresía. El Platini que hoy le da vuelta la cara construyó su poder en la UEFA al lado del suizo. La AFA que votó a último momento al príncipe jordano, aplaudió durante años las relaciones carnales entre Blatter y don Julio, cuya muerte no trajo ningún cambio de fondo en el fútbol argento. Porque aunque sean los máximos responsables, el problema no son sólo los presidentes. El negocio se hizo tan grande que los que muerden su porción son muchos, y el que llega debe conservar el silencio y las formas. Para que algo cambie en serio se necesita una limpieza a fondo. Aquí aún la esperamos. Allá se aguarda que la Justicia norteamericana marque los pasos mientras los principales dirigentes se despabilan y ya saben que la increíble elección de Qatar escondía sobornos millonarios. “No soy perfecto”, dijo el capo de la FIFA. Algunos se enteraron ahora. Con esa capacidad de reacción, los cambios habrá que esperarlos sentaditos.