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La memoria y el más allá

Hace algunos años, Zygmunt Bauman comenzó uno de sus primeros libros con una frase inquietante: “La memoria es el más allá de la historia”. Los hechos, cualquiera sea su naturaleza, son efímeros; están condenados a ser la espuma de la historia.
En cambio, la memoria, en tanto historia recordada, tiene un recorrido mucho más extenso: es el material del que está hecha la esperanza.
Las sociedades, cuando interpelan el pasado, no hacen más que rescatar del olvido un catálogo de imágenes en las que se ven reflejadas. No revuelven el arcón de los recuerdos para saciar una embriagante sed de venganza y, menos aún, para saldar cuentas con el pasado. Por el contrario, la historia recordada es una brújula que orienta las acciones que modelan el presente.
En pocas palabras, la memoria permite que la historia siga viviendo.
De ahí que evitar que el recuerdo de la dictadura muera sea un ejercicio de suma importancia en los tiempos que vivimos. Eso debido a una sencilla razón: las ideas que movilizaron a una generación de militantes en los '70 tienen  hoy tanta actualidad como poseían en aquel entonces.
Después de todo, los grupos económicos concentrados, nacionales y transnacionales, continúan siendo el principal obstáculo para una distribución más equitativa de la riqueza.
Y, al igual que hace treinta y cinco años, el fantasma del individualismo y de la realización por medio del mercado todavía sobrevuelan nuestras sociedades.
La segunda etapa del juicio por los crímenes cometidos en “La Escuelita” puede que sea una buena oportunidad para que la historia reencarne en utopía.
Esperemos que el recuento de los horrores cometidos por la dictadura mute en una reflexión sobre aquellas libertades que aún nos faltan alcanzar y que estaban en los sueños de quienes pasaron por los centros clandestinos de detención.
 
(*) Profesor en Historia de la Universidad Nacional del Comahue. Becario Postdoctoral del Conicet.