Estoy feliz. A mis 51 años, viví uno de los días más difíciles de mi vida”. Omar Gutiérrez no suele ser de esos políticos que hacen este tipo de confesiones. En medio del júbilo del cierre del comicio, esta vez lo hizo. Fue un poco respirar y sacarse una mochila de plomo que debe pesar como muy pocas en el mundo político. Estar al frente de un partido histórico que nunca perdió una elección provincial puede ser, parece raro, un arma de doble filo. Es decir, hay certezas, pero para un referente que después de todo sigue transformándose en político día a día, también debe haber temores.
El MPN no tiene el celular de Dios, pero sabe cómo ganar. Aunque lo venía haciendo por un margen cada vez menor. Vaca Muerta suma una variable adicional a esa presión. Nadie querría resignar el poder político en uno de los reservorios más grandes del mundo. Eso era parte de la centralidad de un resultado cruzado por la disputa nacional rumbo a la elección presidencial.
Se podría decir que lo terminó favoreciendo, si se calibra el aporte de Cambiemos que nadie reconocerá oficialmente y existió. Nadie esperaba un triunfo holgado. Sí una victoria, pero acotada. Por eso, no perder para Gutiérrez fue sacarse una mochila de plomo que lo ponía en la historia. No por los mejores indicadores económicos del país de los que se ufana hoy Neuquén. Sí por el fantasma de una derrota, en una de esas paradojas que sólo se explican por la tradición hasta ahora infalible del MPN.
Esto sobre el más puro presente. Hacia adelante, el gobierno tiene enormes desafíos en materia de gestión. Ganó cuatro años más para conseguir mejores resultados con la enorme masa de recursos y personal que administra. Esto, si lo que quiere es que esa mochila no siga pesando lo que pesa cada cuatro años. Es un debate hacia adentro para luego tener resultados hacia afuera. Hoy puede ser el día uno.