{# #} {# #}
El comienzo de la cuarentena marcó un período de reducción del delito del cual prácticamente no se tenían precedentes. La misma Policía reportaba una caída del 80%, lo que demostraba que el miedo al contagio de coronavirus era tal, que ni los delincuentes se animaban a poner un pie en la calle.
Pero aun con el temor, y sin flexibilizaciones, la inseguridad y la violencia lentamente se fueron reinstaurando en la sociedad; volvieron los robos en las calles, en las viviendas y hasta los crímenes. La última de las “normalidades” que faltaba despertar, al menos en la región, era la de los femicidios. Con solo una semana y media de diferencia, se registró un intento en Gran Neuquén Sur, de la capital, y se concretó uno en Centenario.
La violencia es, lamentablemente, una normalidad en la sociedad, a la que todos nos hemos acostumbrado y con la que hemos aprendido a convivir. Esta convivencia se basa en recomendaciones de “no salgas sola”, “no lleves celular”, “no te resistas”. Recomendaciones que consisten en limitarnos para cuidarnos de otros, limitarnos para ceder poder a quien sabemos que de todas maneras ya lo tiene. Pero no es una convivencia que nació de la voluntad propia, sino principalmente de la resignación de no tener otro remedio.
Para otros pocos, esa resignación pasó recientemente a convertirse en un caso de justicia por mano propia, porque la propia Justicia estatal no logra poner un punto final a tantos años de normalidad arraigada. Con sus políticas de puerta giratoria, no consigue otorgar siquiera una sensación de seguridad. Y con su burocrático accionar, tampoco logra frenar los finales cantados de tantas mujeres.