ver más

La odisea de comunicarnos

Rodrigo Conti
La escena se ha vuelto reiterativa. El hombre entra como una tromba a un bar y su prisa hace suponer que le urge ir al baño, pero no. Pide la clave de wifi para conectar su teléfono. Lo logra y entonces respira aliviado. De pronto, el timbre lo alerta de una llamada. Responde y nada... Camina con su móvil pegado a la oreja, a la caza de una pizca de señal que llega a cuentagotas... Ni las piruetas más ridículas, en la pretensión por convertirse en “hombre-antena”, le alcanzan para impedir que la repetición de la palabra “hola” emerja como un eco sin más respuesta que el silencio. Del otro lado de la línea ya no hay nadie. 
La odisea de hablar por celular choca de frente con las ventas récord de smartphones, con un paisaje monótono: pocas inversiones de las prestadoras, rechazo social a la instalación de antenas, reducido espacio radioeléctrico y la falta de una ley general que regule por encima de las políticas de cada municipio. 
Con la promesa del 4G, el sistema muestra otra vez la zanahoria del progreso. Es que, según las estadísticas, existen en el país unos 60 millones de aparatos en servicio y se estima que la conexión móvil crecerá 11 veces durante los próximos cuatro años. El fabuloso negocio de la telefonía móvil no para de crecer. En paralelo, el fracaso de las prestaciones hace que también aumenten las protestas. 
El rubro ya no solo lidera las quejas ante Defensa del Consumidor, ahora los reclamos trepan a ritmo de inflación. Y hay un dato novedoso: más allá de las fallas del servicio, los clientes ponen el grito en el cielo porque terminan pagando sumas superiores a las contratadas. Se trata de otro esquema de maltrato de esa industria que cambia hábitos a velocidad de zapping pero da soluciones al trotecito, como un caballo viejo.