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Regresar al hogar desde el extranjero en tiempos de cuarentena se ha vuelto una odisea para miles y miles de argentinos que por distintas razones se encontraban fuera del país. Sea por unas vacaciones, por trabajo, por intercambio o porque estaban en esos programas de visas anuales que te permiten pasar un año en otro país, todos debieron atravesar un calvario para regresar a sus casas.
Cuando el 20 de marzo, el Ejecutivo nacional decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, los repatriados, tal como se los conoce ahora, quedaron en un umbral de incertidumbre. Cuándo volverían a sus casas era una incógnita y los pasajes de regreso que tenían fueron primero postergados y luego cancelados, cuando los países cerraron sus fronteras y anunciaron que solo entrarían repatriados.
Así, la única respuesta era esperar el llamado desde la embajada y la cancillería argentinas del país en donde están varados. Para algunos, la confirmación del regreso llegó rápido. Otros debieron esperar más de dos meses en un país ajeno, a precio dólar turista y con el riesgo de contraer el virus.
Para el repatriado, el llamado de representantes argentinos es un halo de esperanza en medio de tanta desesperación. Es ahí donde les dicen que podrán volver a Argentina, su Argentina. Pero deben llegar al aeropuerto de salida, que no necesariamente es en el país donde están. Tras ingeniárselas y comprar pasajes, vuelan de regreso. ¿Y ahora? A esperar el colectivo que los llevará de paseo por un recorrido extenso y sinuoso por ciudades que se desvían de una ruta normal, hasta llegar a su ciudad. En algunos casos, para los repatriados eso significa cuatro días de viaje de una odisea.