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La orfandad del escritor

Pablo Montanaro

Escribir es una pasión. Pero llevar esos poemas o historias elaboradas -en la más profunda de las soledades- en un libro para ser exhibido en las estanterías de las (pocas) librerías que existen en esta ciudad no es nada fácil. Diría imposible. Los que logran ver su obra publicada agradecen al azar y a la insistencia sobre un generoso editor que, finalmente, se rinde en la batalla. Más allá de las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías para los que les gusta difundir y compartir sus creaciones literarias, el libro en papel continúa seduciéndolos. Para ellos, la verdadera obra sigue estando en ese formato.
Si no fuera por esa irrefrenable pasión por escribir y contar con algunos miles de pesos ahorrados para publicar, los escritores neuquinos ya hubieran abandonado su vocación. A la escasez de editores se suma la falta de propuestas que surjan desde las áreas de Cultura tanto provincial como municipal.
Ya casi nadie recuerda que existe un Fondo Editorial Neuquino (FEN). Desde hace 6 años (quizás más) el FEN no ha publicado, difundido ni vendido la obra intelectual de los autores de Neuquén, según reza el artículo 1 de la Ley 1.809 que dio origen a la creación de este organismo.
Ni siquiera se convoca a concursos de poesía, cuento, historia o teatro, teniendo destacados dramaturgos que han sido premiados en el exterior, e incluso con el Konex, como es el caso de Alejandro Finzi.
Por eso, a quienes frecuentan los bares de esta ciudad no les llama la atención que algunos jóvenes escritores, ansiosos de que su obra sea leída y trascienda, recorran las mesas ofreciendo sus libros elaborados artesanalmente  para que así descubran su talento. Porque talento sobra en esta ciudad.