El gobernador Jorge Sapag optó por un discurso, pongamos, algo más duro. Le debe haber costado un poco, por aquello que sus adversarios, pero también los que lo conocen, le atribuyen. Sus no pocas ambigüedades, el retaceo de lo que en verdad piensa. Primero en Senillosa y ocho horas después en esta ciudad, explicitó su disposición a recalar con el debate petrolero en el Congreso de la Nación. Si no hay consenso sobre las nuevas regulaciones para el sector, las discusiones deben darse allí. Trazo más, trazo menos, es lo que le está diciendo -sobre todo- al CEO de YPF, Miguel Galuccio. Para el gobierno nacional, es un escenario indeseado. No porque pensara esquivar el tratamiento legislativo. Pero votar una ley consensuada de antemano con las provincias productoras es una cosa, y otra muy diferente tratar un texto que, en la compleja recta final hacia las elecciones del 2015, convocaría al aroma abismal de la búsqueda de consensos y los vericuetos de sus trampas. Algo así como una plataforma de excepción para vastos sectores de la oposición. Los memoriosos de este culebrón no tan convencional recordarán que apenas Nación difundió su primer proyecto, Sapag amagó con la variante “tomados de la mano vayamos al Congreso”. Luego apostó por el acuerdo hasta que llegaron las “fricciones” por el desaire a las petroleras provinciales: con GyP como emblema (y ente recaudador de excepción a futuro) para Neuquén fue poco menos que una declaración de guerra. En el plano interno, para el gobernador es más ganancia que pérdida. Ya lo dijo: perdió en las PASO por acordar con Nación. Con todo, es una disputa de minuto a minuto, en la que los números (los negocios, la economía en el mejor de los casos) mandan.