Son tiempos difíciles, Virrey. Ya no hay nada que hacer. Solo capear un temporal que desconocías de este lado del océano. Los resultados mandan, lo sabías. Te hicieron inmenso y ahora te llevaron a casa a dormir la siesta eterna. Pegarle al ídolo en desgracia es nuestro segundo deporte nacional y habrá que aguantársela, porque la gloria suma amores y odios en dosis similares, y el equipo era una banda. Hoy todos se creen con derecho a castigarte, a reírse de tu caída como si hubieran conocido la cima tantas veces como vos, a clamar justicia por tu soberbia como si realmente les importara. Cuesta escuchar despedazándote a Martín Liberman, que no pudo ganar ni un duelo telefónico en el “Bailando” y te cuenta las costillas como si fueras un principiante. Pero no queda otra que pasar este invierno, olvidarse de un equipo desangelado, dejar que el tiempo cure estas heridas y las haga invisibles al lado de los nueve títulos que comandaste. Cuando los que no te soportan recuerden por qué sienten ese rechazo, encontrarán los motivos por los que el hincha de Boca no se permite insultarte. Jamás. Cuando llegaste por primera vez, hace 16 años, apenas se habían dado dos vueltas olímpicas importantes (Supercopa ‘89 y Apertura ‘92) en poco más de una década y media y las copas las mirábamos por TV casi todos los años. Del ‘98 al 2004 hubo nueve festejos. Y de los grandes. Con dos planteles muy diferentes, Boca fue campeón del mundo, el último argentino en saber cómo se siente ganarles a todos. Por eso duele tanto este final, las derrotas casi sin patear al arco, la pérdida de una identidad que se consiguió el día que cambiaste de barrio para empezar a ganarte la idolatría de una hinchada que tiene prohibido olvidar los tiempos de gloria.