Mujeres y hombres con máquinas de coser confeccionan barbijos en sus casas, organizaciones sociales juntan alimentos para llevar a los que menos tienen, jóvenes realizan las compras de sus vecinos mayores, otros fabrican protectores faciales, profesionales de la salud se ofrecen a contener a quienes más sufren la ansiedad que provoca el encierro. Son algunos ejemplos que día tras día se pueden conocer a través de las redes sociales y que reflejan el grado de compromiso y solidaridad que ha provocado la pandemia del coronavirus.
Son reacciones solidarias que se fueron tejiendo y multiplicado en forma inmediata, sin ningún otro objetivo que ayudar al otro en este tiempo de incertidumbre.
Podríamos parafrasear el título de uno de los grandes libros de Gabriel García Márquez (de quien ayer se cumplieron seis años de su muerte) El amor en los tiempos del cólera y hablar de “El amor en los tiempos del coronavirus” o acaso la posibilidad del amor. El otro día leí a un filósofo español que decía que no está claro si vamos a poder encontrarnos en la tranquilidad anterior a esto que estamos viviendo en el presente y que no sabíamos que teníamos. Y de inmediato subía la apuesta señalando que este virus va a ser un educador total, no solo porque tengamos miedo a otro, sino porque nos vemos a nosotros mismos como responsables de lo que les pase a otros.
En cada conversación surge una misma pregunta: ¿cómo será cuando abramos las puertas de nuestra casa y volvamos a lo que hacíamos antes del aislamiento?
La solidaridad, como el virus que tiene en jaque al mundo, es más que contagiosa.