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La teoría del valor

¿Cuál es el valor de cambio de una mercancía? El tema, central en la teoría económica, ocupó buena parte de los tratados clásicos. Marx rompió esquemas al distinguir el trabajo de la fuerza de trabajo. Las teorías más modernas incluyen los márgenes de utilidad.

Por Humberto Zambon

La economía trata de las relaciones sociales que generan la producción y distribución de los bienes y servicios que se producen. Excepto el caso en que la producción y consumo se realice en común, como ocurría en los clanes primitivos, la división del trabajo y la consecuente especialización laboral están asociadas al intercambio de bienes. ¿En qué proporción se intercambian los mismos?
Cuando un bien se produce para el intercambio, se convierte en mercancía. ¿Cuál es su valor de cambio? Este es un problema central de la teoría económica y por eso no debe extrañar que los tratados clásicos comiencen con el análisis de la mercancía y de su valor.
Los primeros economistas distinguían entre valor de uso, que es la aptitud de un bien de satisfacer necesidades -lo que hoy se denomina utilidad- y el valor de cambio o, simplemente, valor, que presupone la existencia del valor de uso o utilidad. Para ellos el valor es distinto a los precios del mercado, que pueden variar por diversas causas, y que son la forma en que se hace visible la esencia, es decir el valor de la mercancía.
Desde Williams Petty (siglo XVII) en adelante, los economistas clásicos no tuvieron duda de que el valor de cambio de un bien estaba dado por el tiempo de trabajo que insumía. Adam Smith escribió en 1776 que “el trabajo es la medida universal y más exacta del valor, la única regla que nos permite comparar los valores de las distintas mercancías en distintos tiempos y lugares” (pág. 37 de  "Investigación sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza de las Naciones"). Lo ejemplificó con un pueblo de cazadores en el que cada individuo debe optar entre cazar ciervos o nutrias; si para obtenerlos se necesitara en promedio 4 horas para el ciervo y 2 horas para la nutria, el intercambio se realizaría 1 ciervo = 2 nutrias. En otras palabras, en esta sociedad, el ciervo vale 2 nutrias o, lo que es lo mismo, la nutria medio ciervo.
Se trata de la teoría valor-trabajo que, a partir de Smith y David Ricardo, dominó la visión de los economistas durante las primeras tres cuartas partes del siglo XIX. Pero esta teoría crea un problema incómodo ya que cuestiona la lógica del sistema: si el valor resulta del trabajo incorporado ¿De dónde surgen la ganancia, el interés y la renta de los terratenientes? La única respuesta lógica es: del trabajo no pagado. Así lo desarrolló Carlos Marx, distinguiendo trabajo de fuerza de trabajo. A esta última la definió como la aptitud que tienen los trabajadores de crear valor y que en el capitalismo también es una mercancía que tiene su precio: el salario. Por eso se habla del mercado de trabajo, al igual que se informa sobre el mercado del trigo o del acero. Para Marx, la diferencia entre el valor creado por el trabajo y el salario conforma la plusvalía que a su vez se distribuye en ganancias, rentas e intereses.

Valor-utilidad
En forma independiente, en la década de los '70, tres autores propusieron una teoría alternativa: la del valor-utilidad. Fueron Carl Menger (el primero, en 1871, en el libro “Principios de Economía”), Stanley Jevons y Leon Walras. La idea se puede desarrollar con un ejemplo: si en medio del desierto se le ofreciera a un hombre casi muerto de sed un vaso de agua fresca, para él valdría una fortuna; un segundo vaso también sería muy valioso, pero si siguen apareciendo vasos de agua, los siguientes van perdiendo valor hasta que el sediento diga “basta, ¡no quiero más!”: ahora el valor sería cero. Se llama utilidad marginal a la utilidad que agrega una nueva utilidad de un bien. Si se pudiera medir la utilidad total que producen en una persona nueve unidades de un bien y luego lo mismo con diez bienes, la diferencia entre ambas (se supone que la segunda es mayor que la anterior) es la utilidad marginal de la décima unidad. Para esta teoría, el valor viene dado por la utilidad marginal del mismo: un bien escaso es caro y uno muy abundante tiene escaso valor.
Surgió una importante objeción: la utilidad en un fenómeno psicológico y, por lo tanto, no puede ser objeto de una medida objetiva. En otras palabras, con esta teoría al valor no se lo podría medir.
El italiano Wilfredo Pareto trató de superar esta objeción creando las llamadas “curvas de indiferencias”: el consumidor ante dos bienes (o conjuntos de bienes) puede establecer pares de cantidades que le reportan la misma utilidad y, por lo tanto, su posición es indiferente. Se puede trazar así una curva decreciente, ya que para mantener igual a la utilidad si se recibe más unidades de un bien se debe sacrificar unidades del otro. Y estas curvas sí son objetivas. Se siguen aplicando en microeconomía para fundamentar la demanda del consumidor individual.
El economista Kenneth Arrow en su tesis doctoral de 1950 (publicada como libro al año siguiente) demostró que las preferencias individuales no se pueden sumar (no se puede construir una curva de indiferencia para una sociedad), lo que fue completado por Gary Becker (premio nobel en 1992) que demostró matemáticamente la imposibilidad de deducir una función social partiendo de las preferencias individuales, lo que cuestiona a toda la teoría del valor-utilidad como fundamento de una teoría económica. Es decir, volvemos a la situación de 1870 y al cuestionamiento a todo el sistema.
De todas formas, los economistas encontraron una solución. La teoría del valor hace a la esencia de las cosas: por qué las mercancías valen. Pero los fenómenos observables son los precios de mercado, determinados por la oferta y la demanda, que vendría a ser la forma empírica en que se presenta el valor. Pues bien, la teoría económica se va a ocupar de estos y va a dejar la esencia de las cosas, la razón última de por qué las mercancías valen, a la filosofía de la ciencia.
En resumen, la teoría del valor desapareció de los manuales de teoría económica, no hay cuestionamientos al sistema y los economistas se quedaron muy tranquilos.