Neuquén ya no es más una isla a la que todo el mundo venía en la década del 80 considerándola una suerte de paraíso para desarrollarse, tener una vivienda y armar una familia. Ese lema con aire de sueño americano de los 50 se ha ido desplomando por la realidad económica y los procesos políticos. Más allá de las nuevas viviendas que están en marcha y que se promocionan, la ecuación entre la gente que ingresa todos los días al territorio y la demanda de casas aún no cierra. Esto es un poco el telón de fondo del que casi no se habla en la política. Más bien, todos están abocados a inclinar la cancha política para el rival, donde los gases, las balas de goma y las piedras sintetizan la imagen de la que todo el mundo habla y replica.
Neuquén tiene una grieta que divide dos mundos que se pelean por las tierras: uno rico y el otro pobre.
Mientras que, en la parte visible del iceberg, el gobernador, el intendente y sus adláteres intentan quedar bien parados en esta violenta historia que se repite en el barrio Parque Industrial, en cuya profundidad del problema radican los pobres y ausentes. Aquellos que se quedaron sin trabajo, los que vienen esperanzados a Neuquén por Vaca Muerta y se vuelven a sus provincias con las manos vacías y los que quedan deambulando, buscando algún pedazo de tierra y soñando con ese páramo petrolero, en un imaginario donde todos creen que pueden ser parte. La provincia es un claro ejemplo de dos escenarios donde se viven vidas contrapuestas: en la periferia se demanda tierra, agua, cloacas y seguridad; y en los barrios privados aparecen preocupaciones que, si bien pueden tener una lógica dentro de ciertos círculos, no son centrales, como ampliar una cancha de golf. Como en todo, Neuquén tiene dos mundos y una grieta.