Que te vendan un terreno, lo termines de pagar y luego de cinco años te reintegren lo que invertiste, sin el interés correspondiente, porque el lugar donde se iba a hacer el loteo no fue autorizado por el Ejecutivo municipal, es un acto de corrupción. Pero nadie denunció al vendedor. El espíritu de cuerpo los llevó a recibir el dinero de vuelta con el que no les alcanza ahora para comprar un tercio de lo adquirido en su momento.
Que un grupo de 107 personas -en su mayoría efectivos policiales- compren una chacra, la loteen y decidan poner al frente de la instalación de los servicios a una comisario con el fin de recaudar por mes los importes que cada uno de los propietarios debía pagar para hacer las redes internas de agua y de gas, y que desaparezcan $250 mil sin que nadie realice en la Justicia denuncia alguna, es un acto de corrupción. El espíritu de cuerpo los mantiene unidos aunque estafados.
A tal punto llega la impunidad, que un comisario mayor retirado se roba del interior de un comercio de venta de materiales de construcción un elemento de $27 y antes de que esté radicada la denuncia correspondiente, llegan al lugar cinco móviles policiales, con efectivos y un comisario mayor al mando, demostrando que existe el espíritu de cuerpo. Estos hechos sucedieron en el seno de la gran corporación policial, se estafan entre ellos, se cuidan para que esto no trascienda, no importa haber perdido $70 a 80 mil en la compra de un terreno que les vendió el legendario mandamás, no importa haber perdido $250 mil que se llevó una comisario. De esa manera, funciona la demagogia punitiva de ciertos especímenes de la fuerza.
La sociedad neuquina necesita casi con desesperación que el delito disminuya sensiblemente. Dentro de esta institución existe un gran número de efectivos honestos y valientes, así como profesionales experimentados. Combatir desde el Gobierno la corrupción de algunos de los integrantes de la fuerza policial es la única manera de que esos policías sanos no sientan que sus esfuerzos resultan vanos.